MI HISTORIA ARELY OLIVARES
ESPIRITU ENMANCIPADO
Deseo contarte mi historia, y cómo Yeshua —o Jesús, como muchos lo llaman— llegó a mi vida. Hace algunos ayeres, me definía como atea, ciega ante cualquier posibilidad de amor. Crecí entre muros invisibles, bajo la estricta disciplina de los testigos de Jehová, una “religión” que dictaba lo bueno y lo malo con una severidad que asfixiaba el alma. Celebrar un cumpleaños era pecado, tener un novio era una transgresión, la forma de vestir debía someterse a reglas minuciosas y hasta el amor debía ganarse según la mirada de otros. Vivía entre sombras de “deberes” y “prohibiciones”, y sin saberlo, mi espíritu aguardaba la libertad que un día llegaría.
Como niña, mis opciones eran pocas; mi mundo estaba delimitado por normas rígidas y un acceso limitado a la información. Los adultos que me rodeaban eran estrictos, todo el tiempo eran duros, y aprendí a adaptarme no por elección, sino por supervivencia, para evitar castigos, regaños o desaprobación. Así crecí, con un corazón cauteloso y una mente que aún no podía imaginar la existencia de un amor verdadero, libre y divino.
El hombre que me engendró pertenecía a esta secta donde se jactaban de su pureza y rectitud. Era un hombre mayor, más de veinte años separaban su edad de la de mi madre. Casado, con otros hijos —de los cuales aún desconozco el número—, sembró en mí no solo una historia biológica, sino una herida simbólica. Te cuento esto porque allí nació mi decisión de volverme atea. No fue una rebeldía sin sentido, sino una búsqueda por romper con la incoherencia que veía disfrazada de fe. En aquel entorno, la moral era una fachada, y bajo ella se ocultaban las mismas sombras que después reconocí en mí.
El hecho de que mi padre biológico superara tanto a mi madre en edad le daba un poder silencioso, casi hipnótico, el poder del que sabe manipular desde la culpa o la promesa. Al observarlo, fui aprendiendo —sin querer— que el amor y el merecimiento eran privilegios que se disputaban, no dones que se habitaban. Crecí sintiéndome la segunda, la no elegida, la que llegó después del deseo. Lo cual me conducio a buscar el amor de padre que jamas tuve en brazos erroneos.
No lo culpo. No busco en ello victimismo. Lo contemplo, simplemente, como una raíz que explica ciertos caminos de mi alma. Él no fue la causa, sino el espejo que me mostró una lección: que la vida no se hereda, se construye. Y que, aun viniendo de historias fracturadas, uno puede elegir la manera de narrarse. Mi vida tomó el rumbo que tomó —no por su sombra, sino por mi mirada—, por las decisiones que fui tejiendo entre el dolor y la lucidez.
Así, como todo espíritu en formación, fui creciendo y aprendiendo de los matices de la vida. Con la llegada de mi adolescencia —y esa rebeldía que despierta cuando el alma busca su verdad— decidí no seguir más una religión que, a mis ojos, se había vuelto un espejo de hipocresía. El hecho de que mi padre perteneciera a aquella congregación y, aun así, me negara incluso su apellido, sembró en mí un recelo profundo. No solo contra la religión, sino —sin saberlo— contra Dios mismo. No era odio, sino una especie de exilio interior. Una distancia nacida de la decepción, del desconcierto de ver cómo se predicaba amor mientras se practicaba el olvido.
Así que decidí liberarme de doctrinas y tomar mi propio camino: aquel que se abría ante mis ojos, en lo que observaba, comprendía y aprendía al andar. Como toda adolescente, vivía entre la confusión y el deseo de encontrar sentido. En medio de ese torbellino, solo pensaba en divertirme y superarme, creyendo que el mundo podría moldearse a fuerza de voluntad. Tenía un corazón tan abierto —como suelen tenerlo las almas jóvenes— que me entregué en cuerpo y alma a cada experiencia, buena o mala, que la vida me fue presentando. Durante muchos años, mi lema fue que “el amor no existe”. Lo escribía, lo decía, incluso fue mi contraseña de Hotmail, como si al repetirlo pudiera protegerme de la herida. Porque, ¿cómo explicarle a la niña violada, tocada y violentada por su propia madre que el amor existe?
No había explicación posible en ese momento. Solo silencio, incredulidad y un dolor que no encontraba nombre. Así que esa negación se volvió mi verdad, mi escudo y mi forma de resistir.
Crecí y, en ese crecer, me fui rodeando de muchas experiencias y personas, más malas que buenas, que poco a poco me fueron arrebatando en todas las ocasiones la poca inocencia que me quedaba, como si se tratase de un concurso de quien me quitaba más o quien me veía más la cara. Poco a poco, la luz de mi vida se fue apagando con cada mentira, traición o uso que me daban las personas que decían que me amaban, hasta que un vacío invadió mi ser por completo, al punto de vivir en modo avión, dicho famoso como se dice hoy en día, al vivir en automático.
Tenía un buen trabajo, ganaba bien, tenía viajes, ropa, dinero de sobra (no fueron millones, pero era suficiente para no preocuparme por temas de dinero). Que aunque había dinero, siempre existía el miedo a la pérdida o a que no hubiera lo suficiente. Lo que me robaba la paz. Y en ese entonces un alma pequeña dependía completamente de mí en todos los aspectos, pues en mi andar en busca de la familia que jamás tuve, decidí embarazarme con 16 añitos con la esperanza puesta en un hogar.
La profesión a la que me dediqué durante casi nueve años me sostuvo, por un tiempo, lejos de la pobreza y de esos pensamientos oscuros que me hacían creer que no era ni valiosa ni suficiente. Fue una profesión dura, rígida, estructurada hasta el extremo, llena de trampas mentales y exigencias invisibles. En aquel entonces, eran pocas las mujeres que se aventuraban en ese terreno: un espacio diseñado casi por completo para los hombres. Se trataba de un trabajo que exigía fuerza física y mental en cada instante, donde el cansancio no tenía cabida y el miedo debía disfrazarse de temple.
El trabajo demandaba tanto del cuerpo como del espíritu, y con los años, el desgaste se volvía inevitable. Era como si cada jornada me limara un poco más, como si el peso de esa vida me recordara que, aunque había escapado de una pobreza material, seguía enfrentando otra más profunda: la del alma que aún no sabe quién es sin el esfuerzo.Con los años, ese ritmo inhumano te conduce, inevitablemente, al desgaste psicológico y corporal; un desgaste que no solo deja huellas, sino cicatrices difíciles de resarcir. Esa profesión se llamaba policía.
Y aunque me levantó cuando más lo necesitaba, también me despojó lentamente de partes de mí que tardé años en volver a reconocer.
Mis ojos de hoy te comparten que a la profesion que nos dedicamos no es casualidad, pues alberga un secreto muy grande de quienes somos en ese presente y que es lo que buscamos y maquillamos a travez de lo que nos dedicamos, y la policia tiene muchas cosas profundas y guardadas en cada uno de los que portan uniforme. Un ejemplo seria, la profesion de policia te da una sensacion de “poder” y “proteccion” al mismo tiempo, estados que una niña abandoanda y abusada, busco para sentirse “segura” y cuidarse a ella misma como nadie lo hizo. Es increible como el inconsiente nos busca esenarios donde podamos vernos en el reflejo de lo que no somos, para asi abrir la flor de que si somos.
Durante años cedí ante muchas conductas con las que mi cuerpo no estaba de acuerdo, pero aun así las realicé, ignorando las señales que mi propio ser me enviaba. Fueron actos que iban desde exigirme ejercicios extremos, hasta acatar órdenes que olían a ignorancia y a viejas formas de sometimiento. Callé mi voz interior tantas veces, creyendo que obedecer era lo correcto, que complacer era amar, que rendirme ante los deseos ajenos me haría más aceptada (programación inculcada desde niña, por la religión Testigos de Jehova). Pero lo que en verdad sucedía era que me iba alejando de mí, de mi verdad, de esa sabiduría natural que habita en cada célula. Mi cuerpo fue el primero en gritar. Se cansó, se tensó, se enfermó. Y con el tiempo comprendí que no era débil, sino que estaba intentando protegerme.
Así también, en el camino conocí personas: unas malas, otras no tanto.
Y entre ellas, hubo una que marcó un antes y un después en mi historia tal como la conocía. Al principio, mi mente inmadura, de poco más de veinte años, no alcanzaba a comprender la magnitud de ciertos comportamientos. Vivía cegada ante mi propia vida, mirando sin ver, aceptando sin entender. Esa persona me mostró, en muy poco tiempo, lo que eran la malicia, la lujuria, el dinero y el poder. Y, a cambio, se sirvió de mí a su antojo, como quien se alimenta de la inocencia ajena sin remordimiento. Es increíble cómo una herida de abandono puede hacernos confundir el amor con la manipulación, la entrega con la sumisión, la esperanza con el miedo. Pero hoy lo veo distinto. No desde el victimismo, sino desde la creación.
Porque cada experiencia, incluso la más dolorosa, es un espejo sagrado que refleja aquello que aún no reconocemos de nosotros mismos: nuestra propia oscuridad. Y aunque este tema ha sido uno de los más difíciles de aceptar y sostener en mi breve existencia, también ha sido uno de los más reveladores. Fue una herida que, al sangrar, me enseñó a ver. Y en ese ver, comenzó mi verdadero aprendizaje: el de integrar mi cuerpo, mi mente y mi alma como un solo territorio de conciencia.
Desde muy pequeña he albergado una herencia peculiar, una cualidad que me ha mantenido con vida hasta hoy, escribiendo estas líneas: mi hermosa rebeldía.
Algunas personas heredan casas, terrenos o dinero.
Pero los huérfanos —o aquellos que no han tenido ningún apoyo— recibimos otro tipo de herencia: una que no se puede transferir ni medir, porque pertenece al espíritu.
Esa herencia se llama sabiduría… y también rebeldía: esa energía en movimiento que nos impulsa a buscar lo que realmente somos. Mi rebeldía, sin embargo, me trajo muchos problemas. En mi trabajo, por ejemplo, me generó conflictos porque no podía permanecer indiferente ante las injusticias o la deshumanización con que algunos superiores trataban a los demás. Mi voz, cuando se atrevía a cuestionar, se convertía en motivo de castigos, infamias y rumores. Llegué incluso a dudar de mí misma, a preguntarme si acaso eran ellos quienes tenían razón, si mi error era no quedarme callada. Pero con el tiempo entendí que no era rebeldía por capricho, sino por conciencia. Que lo que otros llamaban insumisión era, en realidad, mi manera de mantenerme fiel a la verdad que me habita.
De igual manera, siempre mantuve conflictos disfrazados de culpa con mi antiguo compañero.
Mi mente racional y mi corazón comenzaron a cuestionarse sin descanso, desplegando múltiples escenarios sobre aquella existencia compartida. Mi rebeldía —más que una bendición— era entonces un problema constante, una presencia que me acompañaba silenciosa y que, en más de una ocasión, intenté silenciar. Pero no importaba cuánto la reprimiera: siempre aparecían circunstancias que la hacían resurgir, poniéndola al frente, como si tuviera vida propia y un destino que cumplir. Durante los momentos más oscuros de mi depresión llegué a odiarla con toda mi alma. Le reprochaba no haber sabido callar, no haber actuado distinto, no haberme salvado del dolor. Le pedía explicaciones como si fuera una entidad ajena, culpándola por cada pérdida, por cada ruptura, por cada cambio abrupto que alteraba mi mundo. Y, sin embargo, cada vez que la dejaba salir, algo sagrado ocurría: un suceso casi canónico transformaba mi presente en cuestión de horas. Era como si la vida misma respondiera a su llamado, derrumbando lo falso para abrir espacio a lo verdadero.
Así fueron pasando los años, hasta que un día, una situación que escapó completamente de mi control desató en mí una crisis profunda de depresión. Recuerdo con ternura y compasión aquella versión mía, agotada semanas antes de que todo ocurriera. Cada mañana, al despertar para ir a trabajar, deseaba quedarme en casa, deseaba un respiro… pues sabía que al salir me esperaba otro día siendo un personaje que ya no quería interpretar bajo aquel uniforme blanco. Al vestirlo, no solo cubría mi cuerpo: me borraba a mí misma.
Ese uniforme me convertía, ante los ojos de los demás, en lo que más odiaban: un arma del pueblo vestida de justicia falsa y de hipocresía institucional. Y dentro de mí, la contradicción crecía como una herida abierta.
Hasta que un día, todo cambió. Mi esencia —esa que siempre se resistió a callar— volvió a despertar, y su brillo provocó en otros la envidia y el coraje (gracias a Dios, hoy lo entiendo así). Aquello desató una polémica sobre mi persona y, de un día para otro, me vi obligada a cambiar de funciones dentro de aquella institución. No lo sabía entonces, pero ese cambio abrupto fue el inicio de mi verdadera transformación.
Mi furia era inmensa, pero el sentimiento de injusticia lo era aún más.
No se me había permitido objetar ni defenderme ante personas que jamás habían abierto un libro sobre liderazgo o humanidad. Su madurez se medía en lo visceral, y actuaban sin detenerse a pensar si sus decisiones nacían de la emoción o de la razón, si en verdad buscaban el bien mayor o solo el control. Entonces, mi herencia —la rebeldía— estalló ante aquel acto injusto. No fue una explosión de violencia, sino de verdad contenida.
Alcé la voz frente a una de las encargadas: una mujer con línea directa hacia los de “más arriba”, esos que dictaban órdenes sin cuestionarse si lo que decían tenía sustento o alma, que obedecían sin mirar el rostro de a quien afectaban. Aquel instante fue decisivo.
Mi voz, tantas veces silenciada, volvió a recordarme quién era. Y aunque el precio fue alto, su eco marcó el principio de mi despertar.
Alcé la voz una última vez, sin saberlo, para expresar mi inconformidad ante aquella situación. A mi alrededor, las demás compañeras —también afectadas— guardaban silencio. Sus miradas oscilaban entre la resignación y el miedo, como si hubieran aprendido que callar era una forma de sobrevivir. Ninguna más objetó. Solo mi voz quebró el aire. Fui señalada. Me pidieron mis datos y, bajo los efectos de la adrenalina, los entregué sin titubear, casi con una extraña satisfacción. En ese instante, supe que algo dentro de mí había decidido no volver a someterse. Así fue como, el día de mi cumpleaños, me informaron que cesaban mis funciones dentro de aquella institución a la que había servido fielmente durante años. Ese día comprendí que a veces los finales no se anuncian con tristeza, sino con una claridad brutal. Era el comienzo de mi destierro… o quizás, de mi verdadera libertad.
Aquella situación marcó un antes y un después en mi vida. Desde entonces, una tormenta de pensamientos oscuros comenzó a rondarme sin descanso. Me preguntaba una y otra vez por qué había actuado de ese modo, por qué no había permanecido callada como las demás. En ese laberinto interior, la culpa se disfrazó de reflexión y el silencio se volvió castigo. Pasé meses juzgándome por ser distinta, por atreverme a pronunciar lo que otras preferían ocultar. Era como si mi propia conciencia me exigiera una penitencia por haber defendido mi verdad.
Poco a poco fui notando que muy pocas personas se interesaban realmente por mi sentir o por lo que estaba atravesando. Entonces comprendí que estaba más sola que el mismo sol en su amanecer, condenado a iluminar sin compañía. Esa soledad, aunque punzante, comenzó a derrumbar muchas máscaras: las de quienes se decían leales, pero solo permanecían mientras su conveniencia no se veía amenazada. Fue una revelación cruda, pero necesaria; el inicio de un despojo que, sin saberlo, me devolvería a mí misma.
Un pozo de impurezas y oscuridad comenzó a crecer en mi inconsciente, adueñándose poco a poco de mi mente y de mi alma. Era un peso tan denso, tan agotador, que apenas me quedaban fuerzas para levantarme y preparar algo de comer para mi hijo. Luego volvía a recostarme, intentando adormecer los pensamientos con valium, como si aquel silencio artificial pudiera detener el ruido que me habitaba por dentro.
No solo me invadía la herida reciente, sino también los recuerdos de una infancia que nunca había sido procesada ni reconocida. Todo lo no mirado regresó de golpe, pidiendo espacio, pidiendo comprensión, pidiendo amor.
Pero yo no comprendia lo que aquella situacion me queria enseñar, y solo podia pensar y hacer una sola cosa, llorar. Me hundí sin detenerme durante meses, descendiendo dentro de mí misma, cuestionando cada acción, cada encuentro, cada persona que marcó mi historia y cada una que se fue sin mirar atrás. A ese Dios que jamas estubo para mí le cuestione todo sin parar y solo podia preguntarle: ¿Por qué era tan cruel?, ¿si Acaso no me veia? ¿ si no sentia mi dolor?, mira todos lo errores que he cometido, le decia una y otra vez. Si en verdad existes ¡matame!
Llegó un punto en que mi depresión se volvió severa. Mi pareja de aquel entonces, preocupado por mi estado, solicitó ayuda para reubicarme en otra institución, con la esperanza de que así retomara una vida “normal”. Yo, que solo deseaba poner fin a aquel dolor, asentí sin resistencia. En el fondo sabía que no era lo que mi corazón quería, pero lo vi como una salida, una forma de escapar de lo que me había sucedido. Me prometí guardar silencio esta vez, ser prudente, pasar desapercibida. Me hice el juramento de no volver a alzar la voz.
En cuestión de semanas ya vestía otro uniforme. El trabajo era distinto, con menos responsabilidades, más “humano” en apariencia… pero igualmente dormido.
Fue entonces cuando comprendí que no basta con cambiar de escenario si el vacío sigue habitando dentro. Ese hueco en el pecho era tan profundo que, aun con un nuevo empleo, cada trayecto de regreso a casa se convertía en un mar de lágrimas silenciosas, derramadas en el anonimato de la noche, mientras conducía hacia un lugar que ya no sentía mío.
En casa, intentar hablar de mis sentimientos o de los recuerdos de mi niñez con mi entonces pareja era como empuñar un arma de doble filo. Lo que salía de mi corazón con intención de sanar, él lo convertía en filo. Cada palabra se volvía contra mí, desgarrándome en silencio. Usaba mis confesiones como herramientas para hacerme sangrar por dentro, y poco a poco, logré creer que todo era producto de mi imaginación, que mi dolor era mi culpa, que mi memoria mentía.
Con el tiempo comprendí que la prisión en la que vivía no tenía barrotes visibles. Era una jaula de oro: cómoda por fuera, pero corrosiva por dentro. Cada día, las paredes brillaban más, mientras mi espíritu se apagaba lentamente bajo el peso de la incomprensión.
Aquella jaula no era solo el reflejo de una relación o de un sistema, sino del exilio interior al que yo misma me había condenado: el de no escuchar mi verdad, el de callar lo que el alma pedía gritar. Y así, lo que debía ser hogar se convirtió en un espejo que me devolvía la imagen de todo lo que necesitaba transformar.
Así pasaron los meses, tratando de sobrevivir un día más por el más pequeño de la casa. Me sostenía la necesidad de darle sentido a mi existencia a través de él, aunque por dentro todo se sintiera vacío.
Hasta que un día, un libro llegó a mi puerta, traído por medio de otra persona. Era un texto de enseñanzas herméticas que mi entonces mentor intentaba compartir conmigo. Al tenerlo entre mis manos, sentí una chispa encenderse en mi pecho, como si algo dentro de mí reconociera un llamado antiguo. Quise comprender su contenido, pero mi mente no lograba descifrar aquellos escritos. Lo dejé a un lado por un tiempo, aunque algo en mi interior seguía susurrando: “Vuelve, hay algo que debes recordar.”
En casa, las cosas no caminaban bien. Desde niña, huérfana de hogar y de contención, no tenía un lugar a dónde correr. Mi pareja lo sabía, y usaba ese conocimiento para manipularme, ejerciendo poder desde mi vulnerabilidad. Vivía su vida de libertinaje incluso frente a mí, sabiendo que no tenía refugio más allá de esas paredes.
Mis esfuerzos por agradarle cesaron. Algo dentro de mí comenzó a despertar, una voz suave pero firme que me decía que ya era suficiente. Que el amor no se mendiga, que la libertad no se ruega, y que hay un punto en que el alma, cansada del dolor, decide simplemente irse para volver a sí misma.
Un día, una palabra emergió en mi mente como un susurro del universo, y hasta hoy me resulta imposible recordar cómo llegó a mí: Ayahuasca. Esa palabra se incrustó profundamente en mi ser, resonando con una fuerza que no me permitió apartarme de ella. Comencé a investigar, a cuestionar, a indagar en su esencia, y descubrí que, en aquellos tiempos, apenas era conocida; solo unos pocos artistas habían hablado de ella tras sus viajes a México, experiencias que transformaron sus vidas.
En pocas semanas, me encontré esperando mi encuentro junto a un lago sereno, donde aquella planta ancestral me aguardaba. Lo que experimenté aquel día trascendió toda comprensión: mi mente y mi espíritu fueron atravesados por visiones y revelaciones que me dejaron en un estado de asombro absoluto. Necesité días para recobrar mi cordura, pues lo que contemplé me sacudió hasta lo más profundo, marcando un antes y un después en mi percepción de la vida y de mí misma.
Integrar toda la información que recibí aquel día me tomó meses, quizá años. Todo lo que yo creía saber se derrumbó ante mí, pues comprendí que mis antiguas percepciones estaban construidas sobre un error: la idea de que Dios no existía. Irónicamente, hoy creo que los ateos somos, tal vez, los más amados por Dios, porque Él disfruta profundamente cuando abrimos los ojos y descubrimos que la vida no era como creíamos.
Aquel día vi lo inconcebible: la muerte como un regalo, mi cuerpo como un templo único, y a un Dios que me susurraba, con infinita paciencia, cada una de mis percepciones erradas sobre Él y sobre la humanidad. Comprendí que siempre había estado hablándome, a través de todo y de todos, pero yo nunca había prestado verdadera atención. Cada persona, cada encuentro y cada experiencia llevaba su esencia, y también la huella de mis caminos desviados, marcados por el libre albedrío y la influencia de fuerzas ajenas.
Sentí una vergüenza profunda por haber renegado tanto de mi existencia, por mis quejas, por mi ceguera. Solo podía llorar, pidiendo perdón y dando gracias a la Vida misma por haberme permitido, a través de una planta sagrada, escuchar la voz de Dios y abrir mis ojos.
Tal vez mis palabras puedan parecer una blasfemia para algunos, pero solo quienes hemos estado allí comprendemos el valor de lo sagrado que es la Ayahuasca: guardiana del recuerdo ancestral, enterrada por milenios para despertar nuestra memoria y servir como puente entre el alma humana y el Creador de este milagro llamado Vida.
No sé qué me hizo merecedora de aquel encuentro, pero sí sé que mi arrepentimiento y mi dolor fueron tan genuinos que abrieron ante mí la más hermosa de las puertas: la puerta de la bienaventuranza.
Cuando regresé a mi vida “normal” después de aquel encuentro, comenzó una etapa que muchos llamarían caos. Sin embargo, hoy entiendo que era la vida misma reorganizándose dentro de mí. Podía observar cosas que antes pasaban inadvertidas; era como si se me hubiese otorgado un don, un tipo de visión interior que debía aprender a dominar y pulir con paciencia.
El cambio apenas comenzaba, y con él llegaron tareas y desafíos que me exigían crecer. Las mentiras comenzaron a caer, una tras otra, y las máscaras de quienes me rodeaban se volvían visibles a la distancia. Fue entonces cuando comprendí que debía planear mi escape de aquel compañero de vida que, durante años, me había acompañado, pero que al mismo tiempo me consumía.
Salir de allí no fue fácil. La manipulación mental era tan profunda que se asemejaba a una droga, una dependencia invisible que creía necesitar para sobrevivir. Poco a poco bajé mis defensas, comencé a guardar mi energía, a fortalecer mi espíritu, y cuando llegó la primera oportunidad, zarpé. Partí sin mirar atrás, llevándome apenas lo necesario, porque aquel olor a libertad y soledad valía más que cualquier bien material.
Así me encontré: en una casa vacía, con más preguntas que respuestas, y un corazón lleno de miedo e incertidumbre. Aquel hombre aún intentaba mantener su influencia, pero cada día quedaba más fuera de mi vida que dentro. La herida era tan profunda que, como quien deja una adicción, tuve que reducir las dosis de su presencia hasta que, finalmente, ya no necesité más de aquella vida doliente.
Comprendí entonces que la verdadera libertad no llega cuando todo está resuelto, sino cuando, aun temblando, decidimos caminar hacia la verdad de nuestro propio espíritu.
MI SOLEDAD
Comenzó entonces el periodo más temido y amargo de mi existencia: mi soledad.
Decidir entrar en ella, mirarla de frente y permanecer allí fue una de las decisiones más difíciles que he tomado. Pasé meses cuestionándome si sería lo suficientemente fuerte para soportar aquel exilio y alejarme de todo lo que conocía. Un par de días antes de iniciar mi travesía hacia la soledad, una llamada cambió por completo mi panorama.
Mi madre, presa del resentimiento porque había permitido que mi hijo pasara la Navidad con su padre —ya que yo no me encontraba en condiciones emocionales para celebrar—, tomó el teléfono para arremeter contra mí. Sus palabras, dirigidas a aquel hombre del que me había separado, fueron dagas. No puedo describir la profundidad del dolor que sentí al escuchar que quien me había llevado en su vientre ahora me negaba con blasfemias.
Me llamó cosas terribles, cosas que aún me cuesta escribir; entre ellas, una “mujer de la vida alegre”, cuando todo lo que había hecho era luchar, trabajar y resistir para salir adelante de la mejor manera posible. En aquel instante comprendí que a veces el alma elige la soledad no como castigo, sino como refugio.
Aquel hombre, con aparente serenidad, me relató una a una las palabras que mi progenitora le había dicho sobre mí y la forma en que se había expresado. En el fondo, sabía que en su voz había un rastro de satisfacción al ver cómo incluso mi propia madre me hería; era su revancha silenciosa, su manera de disfrutar el dolor ajeno, pues semanas antes lo había dejado buscando un horizonte más digno para mí y para mi hijo.
Con un cigarro en la mano y el corazón apretado, sentí dentro de mí un grito que pedía liberarse de la mentira. Necesitaba contar mi verdad, desnudarla ante quien quisiera escucharla, aunque doliera. Mis acciones no se justificaban, pero hablar, por primera vez, desde la herida fue un acto de redención. Le confesé lo que durante años había callado, y en ese instante, el peso de la culpa comenzó a desvanecerse. No me importó si me creía o no; lo único que sabía con certeza era desde qué lugar de mi alma había tomado aquellas decisiones. Dentro de mí aún habitaba una niña pequeña, temerosa y valiente a la vez, aprendiendo a defenderse y a existir en una realidad que nunca la había comprendido del todo.
Él también hizo confesiones —a medias, como quien teme desnudar su verdad del todo—, y ambos comprendimos la mentira que habíamos construido durante años sobre nosotros mismos.
En mi corazón ya no había espacio para más comprensión; solo un dolor inmenso, un desmoronamiento total de mi realidad. No existen palabras suficientes para describir aquella sensación de ruptura interior.
Ese mismo día, mi teléfono se llenó de mensajes que no me atreví a escuchar. Sabía que estaban impregnados del odio y las blasfemias de mi madre hacia mí. Me pregunté, con el alma desgarrada: ¿En qué momento comenzó a odiarme tanto?
Como su única hija mujer, siempre intenté complacerla, buscando en sus ojos un gesto de amor que justificara mi existencia. Pero nunca fue suficiente. Sus manos, que debieron ser abrigo, se convirtieron en golpes; y más que los moretones, fueron sus silencios y su desdén los que marcaron mi alma. Ella creía que yo no lo sabía, pero sentía su odio cada vez que nuestras miradas se cruzaban: un rechazo profundo, como si en mí viera a una rival, algo que no podía poseer, o tal vez una vida que jamás se permitió vivir. Cada día mi existencia giraba en torno a un solo deseo: agradarle, lograr que, aunque fuera por un instante, me amara. Pero ese día nunca llegó. Por eso, desde el mismo momento en que comprendí esa verdad, me declaré huérfana: sin padre, sin madre y sin refugio. La sangre que debía unirnos se volvió campo de batalla, y el odio —ese viejo dios familiar— terminó por separarnos a todos.
En mi cama, abatida por tanta verdad y por las máscaras que habían caído frente a mis ojos, un dolor nuevo, desconocido, comenzó a invadirme el pecho. Era una herida invisible, pero tan real que me arrancaba el aliento. Las lágrimas llegaban sin aviso, y podían pasar horas antes de que se detuvieran. Así transcurrieron los meses: un desierto de noches interminables, donde la soledad se volvió mi sombra más fiel. Era una soledad fría, amarga, que me golpeaba en cada rincón de la casa. A veces me encontraba recostada en el suelo, envuelta en mi propio dolor, tratando de no sentir. El cuerpo se me adormecía, la mente se vaciaba, y una voz insistente me recordaba lo mismo una y otra vez: no vales nada, ni siquiera para tu propia madre.
Las noticias seguían llegando, como espinas. En cuestión de semanas supe que mi expareja ya había encontrado un nuevo espejo. Repetía cada gesto, cada escena, como si intentara revivir la misma historia, pero con otro rostro. Ver aquello fue devastador.
Sin embargo, no sentí odio ni deseos de venganza; sentí pena, vergüenza e ira… pero no hacia él, sino hacia mí misma. Me dolía haber compartido tantos años con alguien tan vacío, tan superficial, sin escuchar la voz que siempre intentó advertirme. Mi intuición, esa guía sagrada que tantas veces acallé, había querido mostrarme la verdad desde el principio. Pero yo, temerosa de quedarme sola, la callé. Y ese silencio fue mi verdadera traición.
Estaba atravesando un momento de purga, aunque en ese entonces no lo sabía. La locura comenzaba a rozarme, y había días en que temía perder por completo la cordura. Por un largo tiempo no supe quién era ni si lo que veía a mi alrededor era real. Llegué a imaginarme vagando por las calles, convertida en una sombra de mí misma. Era como si algo dentro de mí intentara empujarme al borde, susurrándome que me rindiera, que cediera a ese antiguo deseo de desaparecer. Sentía que la muerte me rondaba, no como enemiga, sino como una voz que quería tentarme con descanso.
Sin embargo, entre tanto caos, comenzaron a llegar nuevos maestros. No todos tenían rostro humano: algunos se presentaron como personas, otros como señales, sueños o sincronicidades imposibles de ignorar. Con ellos aprendí que las casualidades no existen y que incluso el dolor tiene un orden secreto. Poco a poco fui reconociendo que no estaba sola.
Me acompañaban no solo presencias visibles, sino también un linaje invisible, una legión silenciosa que me sostenía desde planos que apenas empezaba a intuir.
Era el inicio de una nueva fe, no impuesta, sino nacida del abismo mismo.
Y un día, cuando el depredador de mi mente volvió a visitarme, comenzó a ganar terreno. Me encontró tendida en mi cama, sin energía, agotada de tanto luchar contra algo invisible e intangible. Luché hasta donde pude… y luego me rendí. En ese abandono, cuando el cansancio me llevó al borde del silencio absoluto, escuché una voz dentro de mí. Era clara y firme, casi maternal: ¿Quién soy? La pregunta resonó una, dos, tres, diez, veinte veces, hasta que se volvió un eco infinito dentro de mí. Entonces comencé a llamar a Dios, a suplicarle:
—¿Quién soy? Ya no tengo nombres, ya no tengo máscaras. Estoy perdida… ¿Quién soy?
Y fue en ese instante, cuando el control se disolvió y mi alma se rindió por completo, fue que lo supe. Una energía gloriosa me envolvió, como si el mismo cielo hubiera estado esperando ese gesto. Era como si una voz divina dijera: Por fin. Por fin te rendiste. Por fin preguntaste.
Y allí estaba Él: el Amor hecho presencia, el ungido de Dios, recuperando a través de mí a una oveja extraviada, cansada y cubierta de polvo. Los días siguientes, ese Amor con nombre de hombre —Jesús— me abrazó. Me tomó la mano y me acompañó paso a paso en cada purificación. Desde entonces, las pesadillas comenzaron a desvanecerse, los miedos se transformaron en fe, y la oscuridad dejó de ser tan fría. La oveja —yo— fue alimentada, vestida y amada con una verdad que ardía como luz. Poco a poco, volvió a tomar forma, a recordar su brillo. Aquellas manos santas se convirtieron en mi refugio, mi hogar y mi aliento. Y comprendí que no debía temer más a ningún lugar, porque donde Él estaba… allí también estaba mi casa.
Pero ¿cómo fue que este hombre apareció en mi vida, si no era más que una figura ajena, una imagen colgada en paredes de cristianos y católicos? ¿Cómo alguien como yo —que nunca le había rendido culto— pudo recibir su compasión? ¿Dónde había estado durante todos estos años? ¿Por qué apenas ahora supe de Él y de su función en el mundo?
¿Por qué su nombre me había sido ocultado tanto tiempo?
No lo encontré en una iglesia. No lo hallé meditando en un árbol, ni leyendo un libro. Lo encontré en mi cama destrozada, hablando dentro de mí. Lo encontré en lo invisible. Y entonces comencé a buscarlo con ansias nuevas: ¿Quién era realmente? ¿Dónde había nacido? ¿Por qué lo recordaba como si siempre hubiera estado conmigo, tan cercano, tan amoroso?
Así comencé a entender que no era un mito externo ni un símbolo ajeno, sino una presencia viva que aguardaba mi llamado. No venía de los templos ni de las escrituras: venía del silencio, del fondo mismo de mi alma.
Comencé a trabajar en mí. A buscar mis propias preguntas y, al mismo tiempo, mis propias respuestas. Inicié un arduo camino de reconocimiento: recordar quién soy verdaderamente, sin las voces de aquella secta, sin las voces de mi madre, sin las voces de los hombres que marcaron mi historia… y, sobre todo, sin la voz del depredador. Fueron noches largas, de meditación y desvelo, donde una a una mis heridas fueron saliendo a la superficie. Cada una exigía algo distinto: unas pedían comprensión, otras limpieza, y las más profundas… solo querían un abrazo. Recorrí, poco a poco, las habitaciones internas de mis errores, mis culpas y mis sombras. Pasaron días, semanas, meses y años cumpliendo con el mismo propósito: descubrir quién soy, ya fuera a través de las preguntas, los libros o el simple acto de permitirme sentir.
Entonces comenzaron a emerger los viejos miedos sembrados en mi mente desde niña:
“El yoga es malo”, “eres pagana”, “Dios te va a castigar si haces eso”, “los ángeles no existen”.
Pero del otro lado, mis ángeles me susurraban que sí existían, mis guías espirituales intentaban mostrarme el camino y mi Dios Padre trataba de comunicarse conmigo todo el tiempo. Sin embargo, los hechizos escondidos entre las palabras se resistían, haciéndome dudar una y otra vez de qué era verdad y qué no. Era una programación de miedo que llevaba toda la vida activa, una voz antigua que no creía posible un Dios amoroso —un Dios que no castiga, sino que abraza—.
Mi rebeldía, una vez más, despertó. Comencé a hacer todo aquello que me dijeron que era “malo”, y fue mi propia experiencia —no el miedo heredado— la que me mostró qué lo era y qué no. Un día lo comprendí sin más: siempre fui un faro.
Un faro que los mosquitos intentaban apagar, consumir o adueñarse, como si la luz les incomodara y tuvieran que cubrirla. Solo entonces entendí a mi corazón:
entendí por qué, aun con tanta oscuridad, traición, engaño y mentira, no podía odiar.
Comprendí a ese corazón de pollo que tantas veces rechacé, pero que nunca quise cambiar del todo, porque en el fondo amaba su diferencia. Ese corazón —suave, obstinado, luminoso— no era una debilidad. Era el corazón que Dios había puesto en mí.
Y un día, en medio de una meditación, la verdad más grande de todas comenzó a revelarse.
Una verdad tan antigua como mi propio aliento, capaz de cambiar para siempre mi manera de mirar la vida: el día de mi nacimiento.
Comencé a recordar el vientre de mi madre. Allí, en ese espacio primigenio, sentí sus emociones como si fueran mías. Entonces comprendí que una de mis preguntas más antiguas estaba por ser respondida, y observé…
Vi a una madre que no deseaba a la hija que crecía en su interior. Una madre que rechazaba, incluso antes de pronunciar mi nombre, la vida que llevaba dentro. Esa niña —yo— fue herida antes de nacer. Cada célula suya absorbió el eco del rechazo, el mensaje silencioso de un “no te quiero aquí”.
Aquella niña vino al mundo sin ganas de venir, sin deseo de explorar.
Pero el velo de la inocencia la protegió por un tiempo, porque su curiosidad por la vida era más grande que el recuerdo del odio que la envolvió en el vientre. Entonces lo comprendí con todo el peso del alma: mi deseo de morir nunca había sido mío. Era un eco materno, un recuerdo alojado en la memoria de mi cuerpo. Un hechizo pronunciado sin palabras que me ató a la tristeza desde el inicio.
—¿Por qué me muestras esto? —pregunté en silencio.
—Para que aceptes, de una vez por todas, que nunca te amó —respondió la voz interna.
Mi propia madre jamás me amó. Y aunque esa verdad desgarró mi pecho, no logró apagar mi amor por ella. Pero sí transformó para siempre mi manera de percibir la vida.
Aceptar una verdad no es fácil.Es como si arrancaras una espina que ha estado encarnada por años: al salir, deja una herida que aún necesita ser limpiada y purificada para poder sanar.
Porque eso es la verdad en este plano: una liberación que duele, una marca que no desaparece, pero que al fin deja de envenenar.
Así fue como aquella verdad se convirtió en mi liberación.
La muerte, que me había perseguido desde el día en que nací, por fin me soltó.
Pude hacer las paces con ella, reconociéndola no como enemiga, sino como lo que verdaderamente es: descanso.
No sé cuándo partiré de este plano, pero sí sé —con la certeza que solo nace del alma— que el día en que la muerte me encuentre, seré la más agradecida.
La recibiré con amor, con la misma reverencia con la que se saluda a una vieja amiga.
Porque he comprendido que en esta vida paradójica, la muerte es también sagrada: es el otro rostro del nacimiento.
Con el tiempo, mi amor y mi conexión con Dios fueron creciendo.
A veces pienso que los favoritos de Dios son los ateos, porque a Él le encanta el juego del reencuentro. Tiene un humor divino y misterioso: se oculta para que lo busquemos, y cuando al fin lo hallamos dentro de nosotros, sonríe.
Así, Dios comenzó a mostrarme mi poder, mi propósito y las leyes invisibles que sostienen este mundo. No soy experta, ni pretendo serlo. Solo soy una recordadora.
Una viajera que va desvelando, paso a paso, los secretos de su propia creación. Porque hoy sé —y lo sé con el alma— que yo misma elegí esta vida: sus luces y sus sombras, sus dolores y sus milagros, cada decisión, cada mirada, cada percepción. Todo lo que fui, todo lo que soy y todo lo que seré, fue tejido por mis propias manos junto al soplo de lo divino.
No deseo convencerte de nada. En este punto de mi vida, mi único deseo es escucharme: escuchar la voz de mi alma y la de mi Padre que habla a través de mí. Esta es mi historia, sin velos. Claro que guarda más de lo que pueden contener estas líneas, porque lo vivido no cabe en un texto: está hecho de magia, de amor, de sabiduría y de Dios.
Y esas experiencias no se explican… se viven.
Mi camino no busca despertar admiración, sino recordarte que no estás solo.
Que no eres el único que siente diferente, que piensa distinto o que se pregunta por qué la vida hiere y sana al mismo tiempo. Mi historia es solo un espejo: un testimonio de que incluso en el abismo hay guía, y que la rebeldía —esa fuerza tan mal interpretada— no es castigo, sino herencia divina. La rebeldía es la voz del linaje que se levanta y dice: “Ya no más. Esto ya fue vivido. No lo repitas en tu tiempo.” Porque las mejores herencias no son las que se tocan, sino las que se trascienden.No son las casas ni los objetos que dejamos en préstamo en esta tierra,
sino las memorias de luz y conciencia que cruzan dimensiones y continúan viviendo a través de nosotros.
Y te comparto que, una vez más, la rebeldía fue mi llave, ya se no cumpli mi promesa.
Me liberó de permanecer en un espacio que no me pertenecía y que no resonaba con mi verdad más profunda. Esta vez no permití que me pisotearan ni que la injusticia hablara en mi nombre. Alcé la voz. Esa voz me gritó, sí, pero no temí. Al contrario, me defendí. Y en ese instante, sin saberlo, comencé a caminar hacia la libertad.
Comprendí que existen acciones que manchan las manos y el nombre del subyugado, mientras que los opresores se erigen como estandartes de honestidad y virtud frente a las cámaras, ocultando tras la luz el rostro real de su codicia. Ignoran que, al quitarle algo al otro, se vacían a sí mismos, cavando pozos cada vez más hondos donde tarde o temprano caerán.Y luego estamos los que alguna vez fuimos títeres, los que al despertar cortamos los hilos con nuestras propias manos. No somos inocentes, pero al reconocer el error, algo en el universo se alinea: la liberación se vuelve más suave, casi sagrada. Porque toda caída trae consigo una forma de ascenso, y todo acto de rebeldía verdadera es, en el fondo, un gesto de fidelidad hacia el alma.
MI ORFANDAD
Aún no comprendo del todo por qué elegí ser huérfana, y quizá esa respuesta no me sea revelada en esta vida. Pero lo que sí comprendo —con el alma ya serena— es que la madre que me tocó, esa mujer que me rechazó y me negó el amor que tanto anhelé, fue también la que, sin saberlo, me enseñó la forma más pura de amar. Gracias a ella aprendí a mirar a mi hijo con un amor completo, un amor que no repite heridas, que no busca control ni reparación, sino comprensión. Aprendí que sanar no siempre significa olvidar, sino evitar que el dolor se herede.
Y el hombre que me engendró no fue solo materia para que yo llegara a este plano, sino también el antagonista de mi historia, el espejo que me permitió ver lo que mi falta de amor propio y autoaceptación puede crear cuando me alejo de mí misma, cuando olvido amarme como Dios me ama. Él me enseñó, sin proponérselo, que nunca he sido huérfana. Que siempre he tenido un Padre: aquel que me creó a su imagen y semejanza, incluido con el Amor.
Y también tengo una Madre, una que no deja de alimentar mi cuerpo y mi alma, que todos los días produce el sustento que llega a mis manos a través de otros, recordándome que mi única tarea es recibir y disfrutar el pan de cada día, fresco y calientito. Sin comprender del todo —y quizá sin necesitar hacerlo— cómo es que siempre hay, siempre llega, siempre alcanza. Para mí, y para todos. Entonces descubrí, ironicamente, que no soy huerfana.
Comprendí que, al dejar atrás el plano de conciencia donde habitan el odio y el miedo, solo queda una elección verdadera: elegir distinto. Elige diferente, aunque duela. Elige el AMOR, aunque te deje desnudo. Elige el camino difícil, el que pocos toman, porque allí está la verdad que libera. Y entonces verás —con claridad divina— por qué son pocos los que lo eligen, pero también por qué solo esos pocos son los que realmente brillan.
Mi espíritu se emancipó hace mucho de doctrinas, jueces, clases sociales o estereotipos que no caben en su esencia para ser él mismo. Y como yo, sé que muchos lo están haciendo también: para contar sus historias, para recordar que no estamos solos. Que somos más los que vemos, los que sentimos, los que estamos cambiando la historia al reconocernos como co-creadores del universo.
Cada pensamiento —incluso los más oscuros— es nuestra responsabilidad, pero también nos preguntamos cómo transformarlo, si estamos bien o mal. Y eso, mi querido lector, ya es señal de que estás en el camino de regreso a casa.
No me creas a mí, no le creas al otro y, sobre todo, no te creas a ti mismo. Cuestiona todo. Busca, y no te canses de buscar, pues el tesoro lo encuentran quienes no cesan, quienes no permiten que una historia los defina, sino que definen y clasifican sus propias historias para usarlas a su conveniencia.
No hay culpables afuera, no hay responsables afuera. ¿Y si los hay? ¿Qué más da? ¿No te desgasta seguir sin perdonar y cargar eso una y otra vez? A fin de cuentas, ¿qué importa quién tiene la verdad, si lo que sientes en tu corazón solo tú lo puedes sentir y no el otro?
Cuando sigas forzando a tu cuerpo a dar pasos que no quiere dar, quizá un día él mismo te obligue a detenerte, hasta que quizás te obligue a parar amputándote los pies, para que dejes de correr e interiorices en ti.
¿Por qué las respuestas tienen que estar en lo complicado y no en lo simple?
¿Por qué no te detienes a sentir el sol por las mañanas?
¿Por qué no te preguntas por qué unas simples flores lo buscan al amanecer?
¿Por qué no le preguntas a tu cuerpo cómo se siente hoy, si le falta descanso o acaso le duele algo?
Y si le duele, ¿por qué le duele?
¿Por qué sigo creyéndome imperfecto, si el mismísimo Dios del universo me creó?
Y la pregunta más importante de todas:
¿Quién soy, sin las etiquetas del trabajo, de papá o mamá, hermano o hermana, primo, chef o conductor?
¿Quién soy sin todas esas etiquetas que el otro me puso?
¿Quién soy cuando nadie me ve ni me escucha?
O simplemente, ¿quién quiero ser cuando nadie me ve ni me escucha?
¿Qué preguntas no me he hecho sobre mí y mi vida?
¿Y qué no le permito ser a mi niño o niña interior?
Y el dia que encuentres todas esas respuestas mi querido lector, porque lo haras, guardalas para ti como el más preciado tesoro que tu nombre te pudo regalar. Sonrie. Te veo y te amo.
Con AMOR Arely Olivares.
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