Había una vez una pequeña flor que crecía en un campo abierto. No era igual a las demás. Su color era especial y su brillo llamaba la atención de todos los que pasaban.
Un día alguien la vio y pensó que sería bonita en su casa. La arrancó de la tierra y la guardó en una caja. La flor intentó vivir ahí, pero poco a poco se marchitó hasta morir. Lo que nadie notó fue que, bajo la tierra, su raíz seguía allí. Con el tiempo, esa raíz volvió a brotar y la flor creció otra vez. No entendió muy bien cómo había pasado, pero tampoco le dio demasiada importancia. Simplemente continuó creciendo.
Otro día llegó alguien más. Observó la flor y dijo que sería más bonita si fuera diferente. Intentó cambiarla. La movió, la dobló, la acomodó a su manera, tratando de hacerla encajar en su idea de lo que debía ser. Y otra vez la flor se marchitó.
Pasó el tiempo y, como antes, algo volvió a suceder bajo la tierra. La raíz seguía viva, y de ella brotó nuevamente la flor.
Un día conoció a otra flor que estaba débil. Apenas podía sostenerse y sus pétalos estaban apagados. La pequeña flor, sin pensarlo demasiado, decidió ayudarla. Se inclinó un poco para dejarle pasar más sol, compartió el agua que llegaba a su raíz y permaneció a su lado cuando el viento soplaba fuerte. Durante mucho tiempo le dio energía, compañía y cuidado.
Pero cuando la pequeña flor fue la que empezó a debilitarse y necesitó ayuda, aquella amiga no estuvo. El sol ya no se compartía y el agua parecía no alcanzarle. Y otra vez la flor se marchitó.
Con el tiempo volvió a crecer.
Algunas personas querían arrancarla solo porque su belleza era distinta. No sabían si la querían por amor o porque les molestaba verla brillar. Un día unas manos la arrancaron otra vez. La flor pensó que tal vez ya no podría volver a florecer. Cada vez que la arrancaban le costaba más volver a crecer. Pero aun así lo intentaba. Una vez más. Y otra.
Y algo curioso comenzó a pasar.
Cada vez que la flor volvía a brotar era un poco más fuerte. Sus pétalos eran más hermosos. Su color más profundo.
Un día, mientras el viento movía suavemente sus hojas, la flor miró hacia abajo. Y entonces descubrió algo.
Podían arrancar sus pétalos. Podían doblar su tallo. Podían apagar su brillo por un tiempo. Pero había algo que nadie había podido tocar.
Su raíz.
Entonces la flor lo entendió.
Podían arrancarla una y otra vez, pero no podían robarle lo que era. Porque lo que ella era no vivía en sus pétalos. Vivía en su raíz.
Desde ese día la flor dejó de tener miedo. Si el viento soplaba fuerte, se sostenía en su raíz. Si alguien intentaba arrancarla, recordaba quién era. Y cuando el sol la tocaba, brillaba sin esconderse.
Porque ahora sabía algo que nadie más podía quitarle.
Sus raíces.
Autora, Arely Olivares.
“La flor con la fuerza del león” es una metáfora que evoca la imagen de una flor que, a pesar de su apariencia delicada, posee una fuerza sorprendente y resiliente, similar a la de un león. Esta expresión nos recuerda que la verdadera fuerza no siempre se manifiesta de manera obvia o en formas tradicionales. Así como una flor puede resistir condiciones adversas, demostrando su tenacidad y capacidad de supervivencia, las personas también pueden encontrar en sí mismas una fortaleza interior que no siempre es visible a simple vista. Esta metáfora nos invita a valorar la fortaleza que yace en la suavidad y a apreciar las cualidades ocultas que a menudo pasamos por alto.

