Recuerda por qué renunciaste.
Renunciaste cuando comprendiste que la verdad no podía vivir donde todo estaba hecho de mentiras.
Renunciaste porque el dolor se había vuelto el idioma de cada día y tu corazón ya no quiso hablarlo.
Renunciaste porque caminabas contra tu propio pueblo y tú también eres pueblo, tierra, voz y raíz.
Renunciaste porque no te dejaste.
Porque tu rebeldía siempre fue más grande que cualquier jaula.
Renunciaste cuando quisieron meter tu espíritu en un molde que no conocía tu forma.
Y no cabías.
Y no debías caber.
Te estabas apagando en un cuarto sin ventanas.
Renunciaste porque un día entendiste que no tenías que demostrarle nada al mundo, solo aprender a mirarte sin traicionarte.
Renunciaste porque estabas cansada de representar a alguien que nunca fuiste.
Porque para encajar tenías que hacerte pequeña
y tu alma no nació para vivir encogida.
Renunciaste porque la injusticia se volvió cotidiana
y tu conciencia no quiso aprender a convivir con ella.
Renunciaste vínculos que solo drenaban tu vida
y quedaste vacía como queda la tierra después de una tormenta.
Rompiste lazos que nunca fueron amor.
Y aunque el silencio parecía una ruina, era apenas el inicio.
Hoy estás aprendiendo a respirar de nuevo.
A caminar sin máscaras.
A descubrir quién eres cuando ya no necesitas sobrevivir.
Y aunque el camino sea incierto algo dentro de ti lo sabe.
Ese lugar ya no era tu hogar.
Desde pequeños nos enseñan a aguantar, a no rendirnos, a ser leales, a terminar lo que empezamos.
Pero casi nadie enseña algo igual de necesario:
también hay que saber cuándo retirarse.
Porque salir de un lugar injusto, tóxico o incoherente,
a veces requiere más valentía que quedarse.
Y ahora queda lo esencial:
descubrir qué vas a construir con la libertad que ganaste. 🌱
Arely Olivares

