Explicaciones

Imagen creada por la IA

¿Te ha pasado que conoces a alguien y sientes la necesidad de imponer una imagen de ti, dando demasiadas explicaciones sobre quién eres? ¿O que ocurre algo que deja en duda cómo te perciben y entonces explicas más de la cuenta? ¿O que si no explicas el porqué de tu vida o tus acciones, no te sientes validado o validada?

Detrás de ese exceso de explicaciones suele esconderse algo más. Quienes sabemos leer entre líneas lo notamos.

Dar explicaciones muchas veces no es comunicar, sino intentar fijar una identidad. Cuando explico demasiado quién soy, qué quise decir o por qué soy así, suele haber una duda en el fondo. No hacia el otro, sino hacia mí.

En esos casos, el otro puede convertirse en un espejo. Un espejo que uso para convencerme de que soy de cierta manera. Busco en su comprensión, en su aprobación o en su asentimiento, una confirmación de mi propio relato.

Hay un matiz importante. No siempre explicar es autoengaño. Se vuelve autoengaño cuando la explicación nace de la necesidad de ser validado. Cuando, si el otro no me entiende o no me acepta, algo en mí se desordena. Cuando explico para sostener una imagen y no para compartir una verdad viva.

Cuando soy, no necesito convencer. La presencia basta. La coherencia basta. Y muchas veces, el silencio basta.

El espejo del otro no debería decirme quién soy. Cuando mi identidad depende de lo que otros piensen, les cedo poder sobre mí. Sin embargo, ese mismo espejo puede servirme de otra manera. Puede mostrarme dónde aún dudo en habitarme. Ahí el otro deja de dominarme y se convierte en un punto de observación.

Dicho de forma simple
Explico para convencer cuando todavía no me creo del todo. Cuando me habito, explico solo si quiero, no porque lo necesite.  Cuando dejas de tratar de imponer una verdad, descansas.

Con amor
Arely Olivares

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.

*
*