Cómo dejar de huir de ti mismo

El fin de la huida

Estamos entrando en la parte más importante y contundente de este viaje, el punto donde se  deja de tratar de entender y se comienza a tratar de permanecer.

¿Cómo se reconoce la calma y cómo se sabe que se ha llegado a ella? No aparece como un evento extraordinario, aparece como la ausencia de la necesidad de huir.

Para comprenderlo, imaginemos a un caballo corriendo libre por un campo abierto, sin rienda, sin dirección. Ese caballo es nuestra mente, acostumbrada a irse hacia donde el impulso la lleve, no porque sea fuerte, sino porque ha estado sola demasiado tiempo, sobreviviendo sin guía, sin compañía y sin alguien que le enseñe a detenerse.

Cuando ese caballo nos observe, no confiará, estará herido, estará alerta y no va a permitir que lo toquemos fácilmente. Porque lo único que conoce es la defensa, y aquí es donde aparece la decisión real: cuando finalmente logremos acercarnos, ¿qué harías?, ¿repetirías lo que siempre se ha hecho, forzarlo, dominarlo, imponerte?, ¿o elegirías construir algo distinto?

Aquí nace una línea muy delgada, porque controlar no es lo mismo que vincular.

Cuando el caballo deja de huir, no significa que esté listo para ser montado, significa que por primera vez está dispuesto a quedarse, y quedarse es el inicio de todo; por eso no se le exige o se le somete; al contrario, se le ofrece refugio, alimento y un espacio seguro. Se convierte el terreno en su hogar para que la rienda deje de ser necesaria. Así la disciplina deja de ser castigo y se convierte en cuidado. 

Por mucho tiempo se ha creído que la disciplina es algo rígido, asociado al castigo o a la dureza, pero no es así. Si nos remontamos a su origen etimológico, encontramos que proviene del latín disciplina, que significaba enseñanza, aprendizaje o formación. A su vez, esta palabra deriva de discipulus, que se traduce como discípulo, es decir, alguien que aprende o que decide seguir un camino de crecimiento. Más profundamente, su raíz está en el verbo discere, que significa aprender.

Como puede observarse, se trata de una disposición interna, una manera de asumirse como aprendiz frente a la vida. Con el paso del tiempo, el término también adquirió un sentido más estricto, asociado a la corrección o a la exigencia, pero esa interpretación no pertenece a su raíz más pura. En esencia, la disciplina es la práctica constante de aprender, de sostener un proceso y de formarse con intención. No se trata de imponerse desde la rigidez, sino de enseñarse a uno mismo cómo mantenerse en el camino que ha elegido. De aquí nace mi palabra favorita “permanecer”.

Un caballo que ha vivido desconectado no responde a la fuerza, responde a la constancia, requiere tiempo para reconocer que no estamos ahí para lastimarlo, sino para sostenerlo, y en ese proceso algo cambia: ya no tenemos que perseguirlo, comienza a acercarse por voluntad propia, porque identifica en nosotros seguridad. 

Entonces sucede algo que no puede forzarse; la monta ocurre de forma natural, no como un acto de control, sino como consecuencia de un vínculo. En ese punto, el caballo y el jinete dejan de oponerse y comienzan a moverse como uno solo. No desde el dominio, sino desde la presencia.

La calma no es ausencia de vacío o de silencio, es la capacidad de habitar ambos sin romperse. Si se siguen las ideas que suelen repetirse —distraerse para no sentir, endurecerse para no ser afectado, responder al daño con más daño o asumirlo todo como un ataque— se pasa por alto algo evidente, y es que, los resultados hablan por sí solos. Si esa forma funcionara, no habría una búsqueda. No estarías aquí intentando habitarte de otra manera.

El jinete no huyó cuando el caballo intentó morderlo o patearlo. No respondió con violencia ni con abandono. Permaneció. Insistió desde la paciencia, no como debilidad, sino como una presencia firme que no se quiebra ante la incomodidad. 

Además, tuvo que aprender una clave que no podía ignorar, entender qué alimenta al caballo. Descubrió algo simple y, a la vez, determinante. La conducta del caballo no era un misterio, era una consecuencia. Su fuerza, su docilidad o su descontrol dependían directamente de aquello que consumía. Entonces comprendió que no bastaba con intentar dirigirlo, primero debía hacerse responsable de lo que le daba de comer.

Todo lo que consumimos, todo lo que decidimos permitir que entre en nosotros, no solo en el cuerpo, también en el pensamiento, es el alimento que después cosechamos para alimentar al caballo. De nosotros depende que nuestro caballo siga escapando o comience a vivir. Si queremos que deje de reaccionar desde el miedo, no podemos seguir alimentándolo con lo mismo que lo mantuvo herido, se necesita acercar otro tipo de alimento. Información distinta y experiencias que le enseñen que lo bueno también existe y que no todo es amenaza.

Entonces, desde lo profundo, emerge algo: lo que atravesamos deja de ser solo dolor y se convierte en capacidad.

Porque quien ha estado en la tormenta reconoce la calma con otros ojos. Para el que permanece, la calma se habita distinto y se cuida distinto. Conocerá ambos polos de una misma naturaleza, y comprenderá que uno no existe sin el otro. Sin el caos, la calma no tendría espejo.
Y esa, querido lector, es la dicotomía divina de la vida: sin contraste, no sabríamos siquiera que estamos vivos. 

Interrumpir la huida no es obligarnos a estar bien, es permanecer el tiempo suficiente para que algo dentro de nosotros deje de correr y comience a vivir, con ruido o sin ruido. Porque no cambiamos lo de afuera, pero sí la forma en que reaccionamos. Si me ponen música, bailo; si me dan silencio, medito; si me dan luz, trabajo; si me dan oscuridad, descanso; si me dan calma, cosecho, y si me dan tormenta, permanezco, abro los ojos y siembro las semillas en la tierra que la tormenta abrió. 

Algunas heridas dejan cicatrices. Otras, libros.
Este fragmento pertenece a “Una Noche Más Durmiendo Con Mis Demonios”, obra protegida por derechos de autor.
© Areli Olivares — Todos los derechos reservados.

Extracto del libro “Una Noche Más Durmiendo Con Mis Demonios”

Estas palabras son solo una pequeña migaja del camino. Si este escrito resonó contigo, quizá sea porque una parte de ti también está buscando regresar a casa.

Te invito a adentrarte en las páginas de “Una Noche Más Durmiendo Con Mis Demonios”, un viaje íntimo hacia las sombras, la memoria y el encuentro con uno mismo. Tal vez ahí encuentres el mapa completo que te ayude a dejar de huir de tu historia y aprender a permanecer contigo con más verdad, paciencia y amor.

Leer el libro completo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.

*
*