Encontrarla es un acto extraño, casi un presagio.
No llega con ruido, sino con un silencio que abre senderos hacia la naturaleza y hacia ti mismo.
No ama los lugares concurridos: prefiere los sitios donde la tierra respira y el alma puede escucharse sin interrupciones.
Al principio desconcierta, como un espejo que devuelve una imagen que no sabías que eras.
Pero luego… te enamora esa diferencia suya, esa rareza que te invita, sin pedirlo, a salir de tu zona conocida.
Te pregunta cosas que jamás te habías atrevido a cuestionar y te lleva a pensar en territorios donde nunca habías tenido el valor de entrar. No exige, no cela, no reclama. Y aun así, haces cosas por ella porque te nace, porque te conmueve la luz que se forma en sus ojos cuando sonríe, y buscas —casi como un rito— provocar ese gesto sagrado en su rostro.
Te encariñas con su voz, con su piel, con la manera en que su presencia se siente a hogar. No juzga, no invade; te escucha con una paciencia tan amplia que parece un bosque. Incluso cuando hablas de cosas pequeñas, ella encuentra la grieta por donde entra la luz y te muestra otro ángulo del mundo.
Pero entonces vienen los límites. Firmes y claros. Límites que te desconciertan porque se abre en unas cosas y en otras se vuelve murmullo. Y descubres que tal vez ella te conoce más de lo que tú la conoces a ella.
Ahí despierta tu miedo. Intentas retenerla, lucirte, agrandarte, inventarte versiones que no son tuyas. Pero mientras más te alejas de tu esencia, más se aleja ella.
Huele tu temor, detecta tu necesidad de control, y retrocede con la suavidad de quien no hiere, pero tampoco permite que la hieran.
Te enojas contigo, con ella, con la idea de lo que querías que fuera. Te alejas intentando demostrar que puedes sin su presencia. A veces dudas de tu valor; otras intentas convencerte de que ella no importa tanto.
Y sin embargo, ella sonríe en secreto. Sonríe porque, sin tocarte, te ha movido.
Porque su sola existencia te llevó a la acción, a la decisión y a la verdad.
Algunos la llaman la mala, otros la guía. Pero ella no busca títulos: observa con un AMOR silencioso, aunque a veces duela.
Quienes la encuentran pierden el miedo a la soledad, toman decisiones que antes parecían imposibles, entienden que sus límites eran una forma de AMOR propio
y también una invitación a reencontrarte.
Lo que parecía distancia era protección. Lo que parecía frialdad
era claridad. Y lo que parecía rechazo era, en realidad, un acto profundo de libertad.
Porque la Mujer Medicina no quiere que dependas, sino que despiertes.
No quiere que la sigas, sino que te sigas. No quiere moldearte: quiere que regreses a ti.
Ella es un espejo sin juicio, una puerta sin llave, a un recordatorio vivo de lo que puedes llegar a ser.
Y encontrarse con una Mujer Medicina… es un antes y un después en la vida del que mira con los ojos abiertos.
Un privilegio que pocos encontraran y que, a la vez, es la puerta hacia tu discernimiento y verdad.
Porque cuando te encuentras con una mujer medicina… no vuelves a ser el mismo.
Arely Olivares

