Mientras el dolor me rasgaba…
Una de las cosas más difíciles que me marcaron, y que por ello quedaron profundamente grabadas en mí, fue descubrir que el mundo parecía no entender mi dolor.
Mi pecho se rasgaba por dentro mientras el mundo allá afuera seguía girando como si mi existencia fuera apenas una nota perdida en medio del ruido.
¿Acaso no me ven?
¿No ven que sufro?
Preguntaba, esperando alguna señal. Pero lo único que recibía era el silencio. Y ese silencio se volvía un frío profundo que se alojaba en mis huesos. El cansancio y las preguntas sin respuesta terminaron por vencerme. Entonces solo quedaba rendirme ante mi propio sufrimiento.
El movimiento, una de las cosas que más llegué a odiar, comenzó lentamente a sentirse como un camino. Un camino doloroso, sí, pero al fin y al cabo un camino.
Empecé a moverme con él porque no sabía hacer otra cosa. Mi cuerpo reaccionaba en automático hacia la rutina, hacia lo que los demás hacen sin detenerse a preguntarse por qué lo hacen.
Así volví a unirme a la manada.
Pero algo ya no era igual.
El dolor había abierto mi corazón.
Y al abrirlo no solo aprendí a sentir más, también aprendí a mirar más.
El tiempo, como siempre, hizo lo suyo. Para bien o para mal.
Con los años comprendí que el tiempo no quita. El tiempo otorga. Otorga momentos, recuerdos vividos, sensaciones, calor humano.
Durante mucho tiempo me aferré a que las cosas fueran como yo quería o a que permanecieran el tiempo que yo deseaba. Pero ese mismo apego terminaba marchitando mi vida, porque me negaba a soltar aquello que necesitaba transformarse para volver a nacer.
Esa paradoja atravesaba mi corazón como una daga que constantemente me recordaba que estaba viva. Viva por todo el dolor que sentía.
Y de manera irónica, la vida dolía precisamente porque mi corazón no había dejado de latir.
Resignificar es una palabra fácil de escribir. Vivirla, en cambio, puede ser tormentoso.
El tiempo me tomó de la mano y me llevó a mi pasado incontables veces. Me devolvió las texturas, los olores, las sensaciones de cada momento vivido.
Entonces le pregunté por qué la gente no se detenía.
Por qué el mundo no paraba.
Si acaso no veían mi dolor.
Y el tiempo respondió con una calma extraña:
Porque ven tu dolor es que no paran.
Porque veo tu dolor es que existo.
Ante esa respuesta quedé atónita. Me parecía absurda.
Si me amaran, pensé, todo se detendría. Vendrían a consolarme. Vendrían a sentir el dolor conmigo.
Y como ocurre con los deseos pronunciados desde el corazón, aquellas palabras se cumplieron.
De pronto me vi encerrada en un mundo sin tiempo. Un lugar cercano a la muerte y a un ciclo que parecía no terminar nunca.
Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Para comprender el valor del tiempo tuve que quedarme sin él.
Tiempo
¿dónde estás?
Pregunté.
No hubo respuesta. Solo silencio.
Sin él quedé atrapada dentro de mi propia mente, dando vueltas una y otra vez en el mismo lugar. Un instante eterno.
Lo que debió ser apenas una hora se convirtió en días. Tal vez en años. Siempre en el mismo sitio. Sin avanzar. Sin cambiar. Sin sentir.
Solo yo atrapada en el bucle de mi pensamiento.
Entonces escuché una voz dentro de mí.
Al principio era apenas un susurro.
Pero como no lograba calmarme, no conseguía escucharla con claridad.
A lo lejos repetía una palabra
Respira.
Respira.
Cuando por fin la voz me alcanzó, respiré.
Fue entonces cuando noté que algo en mi pecho golpeaba con fuerza, intentando llamar mi atención desde hacía meses. Pero yo no había querido detenerme. Tenía demasiado miedo de escuchar.
Cuando finalmente percibí el golpeteo de mi corazón, mi mano se movió hacia mi alianza y la sostuvo.
¿Ese tic tac es mío?
Me pregunté.
El tic tac comenzó a disminuir su intensidad. Poco a poco salí de la prisión en la que me encontraba.
Entonces volví a escuchar al tiempo.
Y lo único que me dijo fue:
Tú eres el tiempo.
Con amor
Arely Olivares

