Cuando era niña cerraba los ojos y le suplicaba a Dios que me sacara de allí.
Imaginaba una vida fuera de ese infierno, pero el silencio era mi única respuesta.
Cada herida pesaba como abandono y fue dejando marcas difíciles de borrar con los años.
Crecí creyendo que mis oraciones habían sido ignoradas.
Hasta que un día dejé de esperar ser rescatada.
Tomé mi rebeldía y mi valor. Y crucé la puerta.
Salí del infierno sabiendo que jamás volvería.
Primero me prometí no repetir la historia.
Después vino lo más difícil, vivir con coherencia frente a todo aquello que juré no ser.
El camino me llevó por subidas, por bajadas y por tramos donde nadie me acompañaba.
Cuando el dolor llegaba, paraba y lloraba. Descansaba y continuaba sin mirar atrás.
Pero de tanto llorar me vacié; y una sed severa me obligó a detenerme.
Me detuve.
Descansé.
Cuando miré hacia atrás, comprendí que mis lágrimas habían formado un río claro y honesto. En él apacigüé mi sed.
En la quietud entendí que mis oraciones sí habían sido escuchadas.
Me vi como el vino forjado después de la merma, conservando intacta la parte de los ángeles.
Existe una vieja historia que dice que en las bodegas antiguas, cuando el vino disminuía
sin derramarse ni beberse, los maestros decían que los ángeles venían por su parte.
No como una pérdida vulgar, sino como ofrenda inevitable al tiempo, al aire y a lo invisible.
El vino no se arruina por la merma. Al contrario, se afina, se concentra y se madura. Para volverse mejor, tiene que aceptar perder algo.
Entonces comprendí que la parte de los ángeles, en este camino, es lo que la vida te quita para que lo que queda sea más verdadero.
No es castigo.
Es alquimia.
Y al reconocerme en el vino entendí algo esencial: “sobreviví a la pérdida sin perder el alma”.
Cuando por fin me dispuse a escuchar al silencio, miré de verdad.
Mis ojos se llenaron de lágrimas y el corazón de gratitud.
Algunos lo llaman iluminación.
Yo la llamo vida.
Con amor, Arely Olivares

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