Un día tu historia se volverá parte de un sueño.
Se disolverá en la memoria del mundo como polvo de estrellas flotando en el cosmos.
Y este nombre, tu nombre, quedará enterrado en el tiempo como una huella suave sobre la tierra.
¿Quién soy?
Me pregunté en mis aposentos mientras mis manos tocaban el suelo.
Me respondí en voz alta como si invocara mi propia existencia.
Soy Areli Olivares.
En cada sílaba de mi nombre se escondía una historia.
Como si al pronunciarlo, viajara al día de mi nacimiento y desde ahí pudiera observar toda mi vida.
Entonces algo más grande que yo me mostró mi vida completa en lo que parecieron apenas dos horas.
Pero no la disfruté.
No la saboreé.
Y por eso la olvidé.
Ante mi tristeza y mi frustración me hicieron un regalo.
Me obsequiaron el tiempo.
Una vieja voz, que mi corazón reconoció, me dijo que ese presente era por haber sido tan valiente como para vivir.
Y entonces comprendí algo.
Cuando creía que el tiempo me quitaba cosas en realidad me estaba dando.
Me daba sabores.
Texturas.
Abrazos.
Calor.
Me daba la oportunidad de que mi vida no se consumiera en aparentes dos horas, sino lentamente en años, en la quietud del presente donde cada segundo se abre y la vida se deja sentir, incluso cuando duele, porque es en el dolor donde todo se vuelve real.
Porque, al final, ¿quién puede asegurar que la vida no sea una larga y silenciosa preparación para la muerte?
— Areli Olivares

