Un día deseé morir. No me importó mi trabajo, mi casa, mi coche… ni siquiera mi hijo. No sé si aquello fue egoísta de mi parte, pero lo que sí sé es que no tuve miedo de perderlo todo.
Solo quería descanso, una pausa de tanto dolor. Le pedí a la divinidad el fin de mi sufrimiento.
Ese acto egoísta —porque otra madre “sana” diría: ¿cómo fuiste capaz de pensar en abandonar a tu hijo?— me trajo la valentía para vivir la vida que hoy estoy experimentando.
En mi interior lo sabía: a mi hijo no le servía una madre enferma y sufriendo. Así que, aun consciente de que estaba pidiendo algo “malo”, pedí a la muerte que me llevara.
Hoy, después de algunos años, miro ese recuerdo con gratitud, porque gracias a esa sinceridad conmigo misma llegué hasta estas letras.
No me culpo ni me avergüenzo por haber deseado abandonar todo. Porque hoy, bajo este cielo azul con nubes blancas y con el libro que me regalé a mí misma, tengo la valentía para dejar atrás lo que no quiero en mi vida. Dejé el trabajo que no me gustaba, a las personas que me restaban, mis apegos, mi vergüenza, mi culpa y todas esas cadenas que me llevaban al río del sufrimiento.
Soy testigo de que, en algún momento, deseé no tener nada… y ese día el miedo a perder desapareció por completo.
El regalo que me entregó la muerte aquel día no fue mi muerte física. Fue algo más profundo: me obsequió el don del desapego. Me enseñó que nada es eterno, que todo se transforma, y que ni el dolor ni el sufrimiento permanecen para siempre.
Ese día la muerte escuchó mi súplica, pero no me quitó la vida: mató a la antigua yo, la que se enfermaba, y me dejó este presente. Me permitió renacer como una madre más compasiva, paciente y amorosa.
Doy gracias a Dios porque aquella mamá egoísta murió en aquel entonces. Y agradezco que la cobardía quedara enterrada junto a ella.
De esa mujer miedosa floreció la valentía y la vida de la mujer que ahora escribe estas palabras.
Gracias a esa experiencia perdí el miedo a quedarme sin nada, porque entendí que nada me pertenece. Todo es de la gran Madre Tierra. Comprendí también que la muerte es lo que da sabor a la vida: si todo fuese eterno, no valoraríamos un abrazo o un beso.
El dolor me enseñó que estoy viva, que siento, y que a veces hace falta pellizcarse para recordar que este sueño, aunque pasajero, es real.
Con AMOR,
Arely Olivares

