Tener una mente intelectual implica cuestionarse el porqué de todas las cosas. No es sencillo cargar con una mente que imagina mil y un escenarios posibles. Sin embargo, lo que me trae a estas letras es la pregunta más reveladora: ¿para qué?
¿Para qué estoy viviendo lo que vivo y observando lo que observo?
Entablar una conversación conmigo misma se ve así:
—¿Qué es lo que estoy sintiendo?
—¿Soy yo o es el ego?
—¿Por qué me causa confusión?
Entonces las palabras comienzan a aparecer sin dificultad. Escribir, para mí, es poner en orden las ideas y nombrar aquello que mis emociones —en medio de la tormenta— no alcanzan a descifrar. Así nacen mis obras literarias.
No todas surgen del dolor; algunas nacen del enamoramiento, de la felicidad o de un aprendizaje nuevo.
Tal intelectualidad, como la de un filósofo, no es fácil de cargar, sobre todo cuando se tienen más preguntas que respuestas. Lo que sí tengo claro es que el tiempo siempre trae respuestas dulces, irónicamente, cuando por fin soltamos la pregunta.
Es como si Dios o la Divinidad quisieran revelarnos algo, pero nuestra búsqueda ansiosa en lugares erróneos impidiera que la respuesta llegara. En mis tiempos de silencio y reposo surgen las mejores comprensiones; y el éxtasis invade mi ser cuando, con presencia divina, finalmente entiendo una situación.
A menudo nos preguntamos por qué nos sucede una determinada experiencia. Yo he aprendido a cambiar el “¿por qué?” por el “¿para qué?”.
El “por qué” suele ocultar en sí mismo una forma de victimismo y sufrimiento:
—¿Por qué me ocurrió esta enfermedad a mí y no a otro?
Pero todo cambia cuando preguntamos:
—¿Para qué me ocurrió esta enfermedad a mí y no a otro?
Entonces la experiencia se transforma en aprendizaje.
El “por qué” podemos dejarlo para cuestiones simples, como:
—¿Por qué estoy subiendo de peso?
Allí el uso es correcto, porque la respuesta trae conciencia: “porque no me cuido y como más”. No hay victimismo, solo responsabilidad.
Ese es el poder de las palabras: una simple frase puede alterar el resultado, así como nuestra realidad. Cuando nos suceden cosas dolorosas —porque a todos nos pasa— recurrimos a la gran pregunta “¿por qué a mí?”.
Le tememos al dolor, sin saber que es la marca de la transformación.
A veces lo rechazo, porque consume mis sentidos y somete mi cuerpo a un proceso incierto; sin embargo, sé que cuanto más lucho contra él, más se prolonga su presencia.
Así que no me queda más que rendirme: flojita y cooperando, como dice el alma sabia.
Todas las personas tenemos situaciones que nos marcan para siempre, y aceptar los hechos no siempre es fácil. Pero mi mente, que a veces pesa tanto, también me ha regalado luz: cuando comprendo el “para qué” de las cosas, una parte de mi alma descansa junto al corazón. No es una respuesta milagrosa que todo lo cura, pero sí mitiga el dolor cuando llega la comprensión.
La naturaleza humana siempre busca respuestas y comodidad. Cuando no las encuentra, sufre; pero en esa batalla se fortalece sin darse cuenta.
Así es el maestro dolor: se presenta y dice “heme aquí, vengo a traerte algo”.
Y entonces uno debe decidir: ¿pelear con él o trabajar con él?
Si estás atravesando un momento difícil, no te preguntes “¿por qué?”, sino “¿para qué?”.
Tal vez las respuestas no te gusten al principio, pero siembran dentro de ti una transformación.
Porque los “para qué” son los que convierten el dolor en luz y la herida en sabiduría.
—¿Para qué llegó esta enfermedad?
Para mostrarme el camino hacia la sanación.
—¿Para qué llegó esta mala noticia?
Para recordarme que aún tengo perspectivas inmaduras.
—¿Para qué me tocó limpiar mi clan y mi linaje?
Para dejar mi granito de arena a las generaciones futuras,
para que aprendan del amor a través de mi experiencia,
y no repitan lo que yo ya he liberado.
Porque el secreto es que viviré en sus genes, pero transformada en luz.
Arely Olivares
