Para quienes no conocen la historia del becerro de oro, les doy un breve contexto. Proviene de la Biblia, del libro del Éxodo. Mientras Moisés estaba en el monte Sinaí recibiendo las tablas de la ley de Dios, los israelitas, impacientes por su ausencia, pidieron a Aarón que les hiciera un dios visible. Él fundió sus joyas y creó un becerro de oro, que la gente adoró como un ídolo. Cuando Moisés bajó y vio lo sucedido, se enojó, rompió las tablas de la ley y reprendió al pueblo por su idolatría y falta de fe.
Aunque los israelitas ya estaban liberados de la esclavitud, buscaron seguridad en lo material, en lo visible y en lo inmediato. Hoy, aunque muchas personas estén “despiertas”, el ego sigue intentando recuperar su lugar, disfrazándose de brillo, éxito o aparente espiritualidad.
“Esto no significa que el dinero no sea importante o que su energía no sea hermosa; significa que, a veces, lo usamos mal, idolatrándolo y colocándolo en primer lugar en nuestra vida”.
El dinero no da la felicidad; todos lo sabemos. Pero sí nos da libertad: la libertad de no doblegarnos, de ir a donde queremos, siempre y cuando sepamos discernir su energía y tratarla con respeto y humildad.
Cuando caemos en la obsesión, en las apariencias y en la falta de buen juicio, lo convertimos en un “dios” y lo que debería ser libertad se transforma en cárcel. El ego siempre quiere más y más y olvida lo esencial de la vida.
Todos conocemos historias donde la avaricia es mala. ¿Por qué, entonces, seguimos dándole a ese dinero un poder casi divino? Hay momentos en nuestra vida —una enfermedad, un accidente, la muerte de un ser querido— donde el dinero no nos salva. Es allí cuando comprendemos que no es “seguridad” como pensábamos, aunque lo hayamos adorado más que a nosotros mismos o incluso más que a Dios.
Esta es una prueba para quienes buscan su libertad y hogar interior: revisar nuestras creencias sobre el dinero, lo material y la influencia de lo externo. ¿Cuánto lo externo nos hace olvidar lo interno, lo invisible? El aire es invisible, pero lo sentimos al rozar nuestra mejilla. Los sentimientos son intangibles, pero nos mueven, nos hacen resonar, nos hacen vivir. No podemos dar poder solo a lo tangible; estamos hechos de lo visible y lo invisible.
La ciencia explica la existencia mediante lo medible, pero siempre existe la ley de la polaridad: para que exista lo que se puede medir, debe existir lo que no se puede medir; para que exista lo visible, debe existir lo invisible; para que exista el calor, debe existir el frío.
La energía del dinero es vasta. No solo conecta un billete con su propia fuerza, sino también con nuestra relación con el mundo material y nuestra forma de actuar en él.
La esencia está en preguntarnos: ¿cuánto espacio le damos a lo intangible? ¿Cuánto nos permitimos interiorizar sin depender de dioses ajenos? Dejar de idolatrar el dinero es volvernos conscientes del verdadero Dios que somos: nosotros mismos.
Al enfocarnos en lo externo, olvidamos darnos aquello que no se compra: tiempo, atención y cariño. Cosas que necesitamos para crecer, despertar y descubrirnos.
Finalmente, volvamos la mirada hacia lo que siempre importó: quién hace posible este milagro de existir. Cada mañana abrimos los ojos y encontramos lo necesario para alimentarnos:
Damos un pedazo de papel a cambio de energía, materia por materia. Abramos los ojos: nada es realmente nuestro.
Todo es de la tierra, y solo creemos que es nuestro porque ella nos lo permite. El día que se pruebe nuestra humildad, así como nos dio, también nos retirará, recordándonos que nada nos pertenece: todo es prestado.
Con amor,
Arely Olivares

