Los dones son innatos; nacemos con ellos, pertenecen a nuestra naturaleza. Son regalos otorgados por la divinidad y por el orden de la naturaleza. No podemos negarlos, porque forman parte de nuestra esencia.
En las mujeres, el don principal es la conexión espiritual a través de su matriz. Son el puente entre el mundo físico y espiritual, la fuente de vida y multiplicadoras de semillas en ambas dimensiones.
En los hombres, la naturaleza otorga fuerza física y mental, diseñada para desenvolverse con facilidad en el mundo material. La mujer, en cambio, vive los ciclos con intensidad, porque su don es la visceralidad, la capacidad de sentir profundamente. Por ello, ella es generadora de amor y calor desde su nacimiento.
Es importante observar ambos géneros desde lo físico y espiritual. Aunque hombres y mujeres pueden desarrollar tanto su energía masculina como femenina en su conciencia, en el plano físico deben aceptar lo que la naturaleza les otorga. Negarlo sería nadar contra el río de las leyes universales, generando un esfuerzo agotador que los aleja de su esencia.
Así como el hombre tiene ventaja en fuerza física, la mujer tiene ventaja en instinto e intuición. Ambos dones pertenecen tanto a la ley de la naturaleza como a las leyes universales.
Existen también dones heredados por ADN: habilidades y rasgos innatos que sirven a la tierra o al medio donde nacimos, manteniendo el equilibrio de nuestro entorno. Negar nuestro origen o nuestras raíces genera sufrimiento inconsciente, pues se va contra nuestro flujo natural.
Por otro lado, los dotes son habilidades o cualidades que se desarrollan individualmente mediante la práctica. Son acciones que realizamos con gozo, entusiasmo y amor, cuyos resultados pueden ser percibidos como arte o generar plenitud en quienes los reciben.
Los dotes se perfeccionan con el tiempo y la práctica. Pueden incluir la música, el canto, la pintura, la escritura, la danza, el teatro, la fotografía, la medicina, la sanación, la creación de plantas medicinales, la tejeduría, entre muchos otros. Aunque algunos dotes nacen con nosotros, requieren paciencia, responsabilidad, honestidad y creatividad para alcanzar su máximo potencial.
Estos dones y dotes también tienen un impacto social: innovan, mejoran y aportan al bienestar de otros. Sin embargo, a veces es difícil reconocerlos, especialmente si se ha perdido la chispa de la infancia. El camino hacia la maduración implica recordar y recuperar estos talentos, incluso si requiere volver al inicio de nuestra vida.
Dones y dotes son esenciales para la salud física y espiritual. Son alimento del alma. Ignorarlos provoca sufrimiento, porque se deja de cumplir la misión que vinimos a realizar. El alma se comunica con el sentir, no con palabras. Cuando no se le escucha, se marchita, y esto se refleja en la mente y en el cuerpo.
Reconocer nuestros dotes es sencillo si somos sinceros con nosotros mismos. Los velos de la ignorancia, los miedos y los tabús complican este proceso, pero la verdad es siempre el camino. El atajo para despertar un dote perdido es recordar:
¿Qué deseabas ser cuando eras niño o niña?
Arely Olivares
