—¿Por qué escribes así, tan breve, tan hondo? —me preguntó la Voz.
—Porque no quiero pasar por la mente —respondí—; quiero quedarme en el alma.
—¿Y por qué eliges los senderos altos?
—Porque allí el aire es más limpio y el silencio enseña. No hay atajos: se camina de cima en cima, con el cuerpo dispuesto y el corazón despierto.
—No todos pueden seguir —susurró.
—Lo sé. Estas palabras no son para todos; son para quien está listo para recordar lo que ya sabe.
El viento trajo una risa suave.
—Aquí hay peligro —dijo la Voz—, pero también verdad.
—Prefiero el riesgo que me vuelve presente a la seguridad que me adormece.
—¿Ya no temes a los fantasmas?
—No. Cuando el valor llega, los miedos se disuelven. En su lugar aparecen duendes: señales, juegos, pequeños milagros que solo ve quien confía.
—El valor sabe reír —me dijo.
—Sí —respondí—, porque quien ha subido alto aprende a mirar la vida con compasión, no con miedo.
—Entonces, ¿qué pide de ti la sabiduría?
—Que sea valiente y suave a la vez. Que no me encoja. Que no me traicione.
La Voz se acercó como una presencia amorosa:
—La sabiduría es femenina —dijo—.
—Y no se entrega a cualquiera —respondí—, sino a un hombre capaz de sostenerla.
