Instintos humanos

instintos humanos

Desde hace mucho tiempo, los humanos aprendieron a esconderse de sí mismos. Les dijeron que los animales tienen instintos, pero que los humanos deberían controlarlos, amarrarlos, callarlos y negar que existen. Y así, crecieron, creyendo que sentir enojo era fallar, que sentir deseo era peligroso, que llorar era debilidad, que dudar era pecado y que reaccionar era un error.

Sin darse cuenta, empezaron a vivir con la idea de que ser humano era algo que había que corregir. Pero la verdad más simple —esa que Nietzsche trataba de gritarle al mundo— es que: Los instintos no son manchas; son señales de vida.

Como el lobo que protege, como el ave que huye, como el pez que se mueve hacia la corriente, así también los humanos reaccionan, sienten, se encienden y se tocan el alma con emociones que a veces les duelen.

Y cuando eso pasa, a todos les llega la misma sombra: la culpa.

Esa culpa que les dice: “No deberías sentir eso.” “¿Qué te pasa?” “Contrólate.” “Eres demasiado.” Pero la culpa no aparece porque los instintos sean malos. Aparece porque les enseñaron a ser más correctos que honestos, más obedientes que auténticos y más perfectos que humanos.

Sin embargo, hay un momento en la vida, a veces suave y a veces brutal, en el que por fin un ser humano siente algo esencial:

“Que sentir no te hace equivocado. Reaccionar no te hace menos y tener instintos no te hace imperfecto: te hace vivo”.

Sí, los instintos tienen consecuencias, porque cada movimiento crea una ola. Pero esas consecuencias no existen para castigarte, sino para enseñarte. Para afinar tu conciencia, no para aplastar tu esencia.

El error no está en sentir; el error está en creer que lo que sientes te hace indigno.

Somos seres curiosos: mitad luz, mitad sombra, mitad animal, mitad infinito. La vida se hizo así a propósito. Si fuéramos totalmente perfectos, no aprenderíamos. Y si fuéramos totalmente imperfectos, no despertaríamos.

Por eso, la existencia nos dio esta mezcla sagrada: la capacidad de instintivamente reaccionar y espiritualmente comprendernos.

Ahí está la magia: somos perfectamente imperfectos para mantener vivo el equilibrio.

No estás rot@ cuando sientes. No estás mal cuando reaccionas. No eres menos cuando tus emociones se desbordan. Eres humano. Y eso, aunque el mundo quiera que lo olvides, también es divino.

Con AMOR Arely Olivares

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