La rebeldía, mi herencia

Me dejaron de herencia la rebeldía,
esa llama eterna que no se apaga,
que no se arrodilla,
que no se vende.

Rebelde es quien se atreve a ser,
quien rompe la voz del miedo,
quien se levanta aun cuando el mundo
la quiere sometida y en silencio.

He pagado un precio alto por mi rebeldía:
se fueron empleos,
se fueron amigos,
se alejaron amores…
pero permaneció lo más sagrado:
mi libertad.

Libertad de pensar,
libertad de sentir,
libertad de no obedecer lo que oprime,
lo que encierra,
lo que apaga la vida.

Ser rebelde no es un grito vacío,
es un canto de dignidad.
Es no encajar en el molde que me imponen,
aunque tiemble,
aunque sangren mis pasos.

La rebeldía me viste de raíces antiguas,
me recuerda que no camino sola:
soy hija de mujeres que no callaron,
heredera de ancestros que no cedieron,
guardianes que susurran en mi sangre:
“No te dejes, eso no es así.”

Y así, con cada y con cada no,
he ido esculpiendo mi destino.

Porque quien nace rebelde
lleva en la frente la palabra más sagrada:

Libertad.

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