Mi alma es nueva y antigua al mismo tiempo.
Dos tiempos se miran, se reconocen y dialogan a través del viento.
Una, curiosa, juega con la luz del presente;
la otra, sabia, recuerda lo aprendido en los senderos de otras vidas
y me enseña a andar con ternura y cautela.
En el reencuentro con mis memorias,
me descubro sabia y niña a la vez.
Sin la inocencia de mi niña no habría resistido tanta verdad,
y sin la maestría de mis voces ancestras no habría sobrevivido.
Este texto no me pertenece del todo: también es tuyo.
Su propósito es recordarte —y recordarme—
que somos antiguos y recién nacidos a la vez.
Por eso, una tortilla con sal de la abuela
tiene el mismo sabor sagrado que en la infancia,
y por eso el amanecer no da miedo,
porque la sabiduría camina a nuestro lado.
Mi niña–abuela sabe de compañías.
Elige con cuidado dónde pone su tiempo y su fuego,
pues no todos comprenden el acto sagrado
de compartir el instante con una mujer
que se ha descubierto anciana y joven al mismo tiempo.
Ella habita la dualidad con gracia,
teje sus días entre la inocencia y la sabiduría,
y cuando el mundo se agita,
se sienta bajo el árbol del alma
a escuchar el silencio que todo lo ordena.
Allí, entre el pulso de la tierra y el soplo del cielo,
mi niña–abuela descansa,
y en su pecho florece una paz tan honda
que no necesita nombre…
solo gratitud.
Arely Olivares

