FUEGO

fuego fogata, creado con IA

Fuego sin piel, fuego sin borde, fuego imposible de sostener. Fuego que danza, aunque no haya viento.

Llama que se adapta segundo a segundo, late sin prisa, respira, se sincroniza conmigo.

Conversación privada entre aire y combustible. No una cosa, no un simple encuentro; elementos que danzan y crean un milagro cotidiano.


Fuego que remueve mi memoria, repetitivo e impredecible. No caótico, no ordenado. Solo vivo.


Fuego que me lleva al alfa, descanso que detiene el tiempo, al son del calor que abre mi memoria, memoria que recuerda el primer hogar, la primera pausa, la primera protección, la primera reunión y la primera supervivencia.

Ese calor que me dice, sin palabras: estoy a salvo.

Antes de libros, antes de pantallas, antes de relojes, ya estaba el fuego. Primer círculo de reunión, suspendido en el tiempo. Ahí el miedo se sentó y aprendió a callar ante él.

Mi corazón recuerda a mis hermanos frente al fuego, mirándolo, pensando y contando historias respaldadas por aquel calor. Calor que nos susurraba en secreto “vida”, y el frío respaldaba su ausencia, diciéndonos “muerte”. 

Maestro silencioso que ha observado por milenios, a mí y a los cambios, que me ha visto en otras pieles y en otros rostros. Que me recuerda, pero guarda el secreto de quién soy cuando me ve. Solo me recuerda lo impermanente, lo que debo soltar y lo que debo aceptar.


Acompañante de mis duelos, de mis tristezas, de mis llantos, de mis peticiones, de mis comprensiones y de mis transmutaciones. Testigo que no me juzga, que no me persigue, que no me retiene, que no guarda memoria, que no me reclama y que no se resiste.

Escucha y se enciende al son de mi orden. Pero cuando creo que lo controlo, me hipnotiza, porque no promete nada y me recuerda que es libre de mis apegos.

Fuego que no quema igual en todas partes, como mi alma.

Arriba arde con decisión, fuerte como el sol y como el calor que alimenta a todo lo vivo.
Abajo es azul, como el cielo,  quieto y silencioso, fiel a su origen: el oxígeno y la llama que no necesita mostrarse, solo ser.

Fuego que transforma sin rencor, lo sólido en humo, el peso en calor y la noche en relato.
Por ello, al mirarlo, ordena mi mente, me alumbra sin juzgar y me quedo quieta frente aquella luz dorada de oro. Frente a ella, mi corazón palpita recordandome que algo arde dentro de mi sin destruirme y cocina mi alquimia.

Enséñame, fuego, a ser tan humilde como tú, a dar calor y luz sin pedir nada a cambio.
Maestro silencioso, escucha mi petición y recibe mi gratitud.

Arely Olivares

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