Que se haga tu voluntad y no la mía

Hagase tu voluntad

He vislumbrado en mi ser el significado de tan corta oración: “Que se haga tu voluntad y no la mía, Padre”.

En mi libre albedrío me he equivocado cientos de veces y, al no pedirte que se hiciera tu voluntad, siempre fue la mía. Y la mía, sinceramente, es malísima.


Cuando era adolescente me decía a mí misma que Dios y el Amor no existían. Me nombré atea durante muchos años. En esos tiempos hice mi voluntad, lo que mi libre albedrío me permitía. Pero un día, como a todos, llegaron las facturas de mis actos.

No entendía que cada decisión, acción y movimiento tiene su efecto. Así, tarde o temprano, todo regresa.


Después de muchos tropiezos, en el fondo de la oscuridad, solo pude pedirle una cosa al Dios en el que no creía: “Mátame, ya no quiero estar aquí”.

Poco tiempo después descubrí el poder de la palabra y de los deseos. Él escuchó, como siempre escucha. Mi muerte no fue física, sino álmica y espiritual; de esas en que lo viejo deja de servir y debe ser reemplazado por lo nuevo.

Dios me llevó al fondo de la oscuridad, no por maldad, sino porque había algo que yo no observaba ni comprendía. En medio del dolor me retorcía como gusano con sal. Suplicaba que parara, pero solo obtenía silencio y soledad.


Derrumbó mi vida entera: trabajo, amigos, pareja, dinero. Solo quedaba yo y la voz en mi cabeza diciéndome una y otra vez “mátate”. Nadie llegó a darme respuestas; solo esos pensamientos que señalaban mis errores como si yo fuera un desperdicio de vida.

Mi arrepentimiento, sin embargo, fue sincero. No recurrí a sectas ni deidades; mi corazón y mi mente solo pensaban en Jehová, como escuché de niña que se llamaba.

Él mandó al Maestro, y sus palabras fueron claras: “Ora. Pedid y se os dará”.


Desde entonces oré con el corazón: pedí sanación, pedí camino, pedí la voluntad de mi Padre.

Cada vez que alguien entraba en mi vida le pedía a Él que abriera la puerta o la cerrara si no era para mí. Y la respuesta siempre llegaba. Si la persona no era buena, se alejaba sola o mostraba sus verdaderas intenciones. Si era buena, añadía algo especial. Ambas eran regalos: una para aprender a discernir, la otra para disfrutar.


En mis oraciones aprendí a decir: “Hágase tu voluntad, Padre, porque yo aún yerro”.

Durante años recibí más NO que , pero entendí que sus negativas eran cuidado. Muchas veces me salvó de lobos disfrazados de ovejas. Así aprendí a rendirme a su voluntad, porque Él es sabio y poderoso.


Comprendí que antes no le pedía nada y hacía lo que quería; ese era mi libre albedrío. Pero mi conocimiento era pobre, y con mis propias palabras me enredé en la oscuridad de mi mente.

Ni los ángeles ni Dios actúan en nuestra vida si no se lo pedimos, porque la única regla en la Tierra es el libre albedrío, y es una ley inquebrantable.


Entonces respondí a esa voz que me decía: “¿Por qué sufres si Él existe? ¿Por qué pasarías por tanto si realmente existiera?”. La respuesta fue clara: porque yo no le permitía el acceso.

Y cuando me pregunté por qué un Dios tan benevolente me devolvía silencio y soledad, descubrí que jamás había escuchado la quietud del viento, el tambor de mi corazón, la brisa en mi rostro, el canto de las aves.

Él siempre había estado en todo: en el agua que bebía, en el aire que respiraba. Yo solo me había creído los cuentos de otros que decían que no existía, que era castigador y malo, que por culpa de Él había guerra.


Ahora te pregunto: ¿cómo usas tu libre albedrío?

Pedir que se haga su voluntad y no la nuestra es para quienes están listos para soportar la verdad. La verdad pesa, pero también libera, porque “la verdad os hará libres”.

Arely Olivares

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