Hasta dónde es sano servir para no perderme

La pregunta real no es hasta dónde servir.
La pregunta real es: ¿desde dónde estoy sirviendo?

¿Desde la abundancia o desde la necesidad?
¿Desde la presencia o desde el miedo?
¿Desde la elección o desde la huida? ¿Desde respetar la individualidad o desde querer tener la razón?

Muchas veces aprendemos a mirar hacia afuera antes de aprender a habitarnos. Crecemos viendo a otros, respondiendo a otros, siendo para otros. Antes de que exista un yo claro, ya existe el otro.

Creemos que tenemos respuestas para todo y terminamos siendo ciegos guiando a otros ciegos. No hacemos consciente la palabra individualidad y buscamos que el otro actúe desde nuestra perspectiva, olvidando que no tuvimos los mismos padres, ni las mismas experiencias, ni siquiera los mismos gustos.

Por ese motivo existen huellas dactilares únicas y rostros irrepetibles. La imperfección no existe, pero si existiera diría que es imperfecto intentar ser o pensar como los demás, cuando el mundo nos marcó diferentes a cada uno. Lo verdaderamente erróneo sería renunciar a esa diferencia para parecernos al otro.

Ahí nace el primer infierno del ser humano. Tratar de ayudar al otro sin haberse ayudado antes. Sin haberse mirado. Sin haberse atrevido a nacer y a ser.

A ser tú.

Ocuparse de los demás no es un error. Servir no es un desvío en sí mismo. El cuidado, la ayuda y la entrega sostienen la vida en común.

Pero hay un punto sutil donde el servicio deja de ser elección y comienza a ser refugio.

A veces servir se vuelve una manera elegante de no mirarse. Ayudar puede convertirse en una coartada para no enfrentar la propia verdad.

Detrás de eso suele habitar un miedo silencioso. Miedo a convertirte en quien puedes ser. Porque hacerlo implica romper lealtades, dejar de encajar, dejar de pedir permiso, dejar de dar explicaciones, asumir la soledad que acompaña a la autenticidad. Quien no ha atravesado su propio desierto no está listo para acompañar a otros.

Por ello, muchas veces regresamos a lo conocido. Al prójimo. Al cuidado. Al servicio. Al rol que nos da un lugar y nos ahorra la pregunta incómoda.

Cuando haces conciencia de esto y te recoges en ti, surge una pregunta inevitable.
¿Hasta dónde es sano servir para no perderme?

La respuesta no es moral. No vive en la cabeza. Se revela en el cuerpo y en la vida cotidiana.

Te estás perdiendo cuando servir te deja exhausto.
Cuando aparece el resentimiento silencioso.
Cuando no puedes decir no sin culpa.
Cuando sigues dando aunque algo en ti ya pidió pausa.
Cuando sientes que, si no sirves, no sabes quién eres.

No te estás perdiendo cuando el servicio nace de un sí interno.
Cuando puedes retirarte sin drama.
Cuando no necesitas ser necesario para sentirte valioso.
Cuando servir no te desconecta de tu ritmo ni de tu verdad.
Cuando puedes estar contigo sin sentir vacío.

Hay una regla simple y brutalmente honesta.
Si servir te acerca a ti, es sano.
Si servir te aleja de ti, es momento de parar.

No corras a salvar a otros si aún no te has atrevido a nacer.
Porque solo quien no se ha perdido puede acompañar sin desaparecer.

Servir, cuando nace de un yo habitado, es amor.
Servir, cuando nace del abandono de uno mismo, es fuga.

Aprender a distinguirlo es un acto de conciencia.
Y quizá también una forma de sana de ayudar.

Porque, en algunas ocasiones, ayudas más no ayudando.
Y eso, mi querido lector, es lo que un buen guía sabe discernir.

Con amor, Arely Olivares.

¿Te resonó este escrito?

Si este texto habló a tu interior, te invito a leer mi libro
Yo soy lo que no soy: La alquimia y transmutación del amor.

Un libro dirigido a personas que desean conocerse más profundamente, comprender sus procesos internos y las leyes de la vida, ampliar su percepción a través de conceptos universales y transformar sus debilidades en fortalezas.

Descubrir mi libro

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *.

*
*