Por Arely Olivares
¿Por qué, cuando un cáncer se sana, todos lo celebran como un triunfo indiscutible,
y cuando alguien sobrevive al suicidio, nadie sabe cómo nombrarlo?
¿Dónde está el alta médica del alma?
¿Quién nos dice que el peligro terminó?
¿Quién celebra que seguimos aquí, aun cuando el miedo insiste en quedarse?
El cáncer y los pensamientos suicidas se parecen más de lo que aceptamos:
ambos regresan sin avisar.
El cáncer amenaza al cuerpo;
el suicidio, al espíritu.
Y ninguno de los dos quiere morir:
solo tememos sentir.
El suicida no sangra, pero se quiebra por dentro.
El enfermo de cáncer sangra por fuera,
pero sostiene la vida con un coraje feroz.
Dos dolores distintos, una misma sombra:
la posibilidad de desaparecer.
La ciencia mide tumores.
Pero ¿quién mide un pensamiento suicida?
¿Con qué aparato se registra el peso de un recuerdo heredado
que se cuela como si fuera propio?
El cuerpo no sangra,
pero también duele.
Y sigo avanzando.
Trabajo en mí.
Hundo las manos en lo que duele.
Y aun así, le temo.
Porque no nació en mí:
viene de historias que cargué sin querer,
ecos que murmuran: «Aquí sigo».
Entonces me pregunto:
¿Y si mi distancia es solo una forma de proteger?
¿Y si este exilio es, en verdad, mi camino para romper un destino que no me pertenece?
Te hablo a ti, sobreviviente.
A ti, que has callado lo que pesa.
No hay estudio que lo mida,
pero te veo.
Te veo porque tu alma es profunda.
Porque tu luz no se esconde.
Porque tus ojos, aun con sombras,
siguen brillando con una fuerza que no miente.
No eres invisible:
eres un faro en medio de la noche.
Dejas rastros por miedo a desvanecerte,
pero cada rastro te devuelve a ti.
Y aunque no lo notes,
tu vida es testimonio.
Miro a los enfermos de cáncer
y son tu espejo:
ellos luchan contra lo visible;
tú, contra lo invisible.
Ambos batallan en el límite.
Ambos son maestros:
unos del cuerpo,
otros del alma.
Como dijo Facundo Cabral —que Dios lo corone de flores donde esté—:
«La vida no te quita cosas, te libera.»
Te aligera para que vueles más alto,
para que alcances la plenitud.
Los problemas son lecciones.
No perdiste a nadie:
quien murió solo se adelantó,
y lo mejor de él —el amor—
permanece en tu corazón.
La vida es tan breve
que sufrir de más es un desperdicio.
Y si tienes cáncer o sida, pueden ocurrir dos cosas:
si te ganan, te liberan del cuerpo;
si tú ganas, te vuelves más humilde, más agradecido,
y aprendes a vivir cada instante profundamente.
Da sin medida y te darán sin medida.
Ama hasta convertirte en lo amado;
más aún, hasta convertirte en el mismo Amor.
No te confundas por unos pocos homicidas y suicidas:
el bien es mayoría, pero es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia,
pero por cada bomba hay millones de caricias sosteniendo la vida.
Vale la pena, ¿no es así?
«Cuando la vida te presente mil razones para llorar,
muéstrale que tienes mil y una para sonreír».

