Si todo el tiempo estás rodeado de bendiciones, ¿cómo podrías aprender a verlas?
La ilusión maya —llamada simplemente maya— es un concepto espiritual y filosófico proveniente del hinduismo y del budismo. Su enseñanza es simple y profunda: los seres humanos no vemos la realidad tal como es, sino a través de un velo.
¿Qué es maya?
Maya significa “ilusión”, “velo” o “apariencia”.
Ese velo está tejido por:
- creencias
- miedos
- deseos
- memorias
- condicionamientos
- interpretaciones
A través de él percibimos solo una realidad aparente: no lo que la vida es, sino lo que creemos que es.
Y es precisamente por ese velo —cuando aún no lo hemos reconocido— que no podemos observar las bendiciones que nos acompañan desde que nacimos. La ilusión nos hizo mirar afuera lo que siempre estuvo dentro. Por eso buscamos metas, validaciones, reconocimiento o “AMOR” en otros, sin advertir que la fuente de todo ello reside en nuestro interior.
El ser humano rara vez ve lo que tiene hasta que lo pierde. Es natural: desde que llegamos a este plano físico hemos estado sostenidos, cuidados, acompañados; y, por lo mismo, damos por hecho aquello que es sagrado. Vivimos rodeados de AMOR y, aun así, apenas lo notamos.
La ilusión es necesaria para que el plano físico exista, pero al no distinguirla nos alejamos de nuestro ser auténtico. Gracias a la ilusión lo material se vuelve posible; sin embargo, esa misma ilusión también fabrica escenarios de miedo. Y el miedo es energía creadora: no se disipa solo porque sí, sino que proyecta imágenes, atrae experiencias y modela nuestro mundo interno.
Por eso atraemos con tanta fuerza lo que tememos: porque tanto la fe como el miedo son energías que crean y ambas reclaman el mismo espacio en la realidad. Primero pensamos; después materializamos.
En esa oscuridad —alimentada por nuestros propios temores manifestados— aparece una revelación luminosa: lo que siempre tuvimos y no habíamos sabido ver. Comprendemos entonces que las bendiciones nunca faltaron; solo estaban veladas.
La enfermedad es una de las primeras líneas de la ilusión. No sabías que estabas sano hasta que una garganta inflamada te recordó el milagro de respirar sin dolor. No valorabas el oxígeno hasta que su falta momentánea te obligó a sentirlo.
La muerte es otra línea de la ilusión. No asumimos que nuestro tiempo es limitado hasta que observamos partir a otros. No percibimos nuestro propio envejecimiento hasta que lo contemplamos en quienes amamos.
En medio de esa ilusión creemos que debemos hacer, tener y, solo después, ser. Que sin un logro, una etiqueta o un proyecto no somos importantes. Esa idea nos arrastra hacia afuera y nos hace perder lo más valioso que se nos entrega: el tiempo.
El tiempo no nos quita: el tiempo nos da. La verdadera pregunta siempre es: ¿qué hiciste con el tiempo que te fue dado?
Has estado sumergido en tanto amor desde que naciste —oxígeno, alimento, familia, cuerpo, sostén, convivencia, frutas, verduras, mascotas, hogar— que olvidaste que ya vives en el AMOR.
La misión del ser humano no es encontrar AMOR: es recordar el AMOR que nunca se fue, pero que dejamos de ver porque nos acostumbramos a él.
Somos seres de luz experimentándose en la oscuridad.
Vuélvelo a leer: somos seres de luz experimentándose en la oscuridad.
No al revés.
Solo reconocemos el AMOR cuando creemos haberlo perdido, para descubrir que siempre estuvo allí.
Las reglas de la vida te las enseñaron al revés: primero debes ser, luego hacer y después tener.
¿En qué punto te encuentras hoy?
Con amor,
Arely Olivares

