Dualidad necesaria de la vida.
“La mentira es una sombra que sólo puede existir porque hay luz.”
Crecimos con la guía de nuestros padres, que nos definían qué era la mentira y qué era la verdad.
Después, siendo aún pequeños, nos dieron una religión o doctrina a seguir, donde según nos decían qué era lo malo y lo bueno ante los ojos de Dios. Más tarde, la sociedad, junto con el gobierno y la cultura, nos impuso reglas, marcándonos de nuevo qué era lo bueno y qué era lo malo.
Así, cuando llegamos a ser adultos, ya teníamos nuestra propia definición, moldeada por las manos que nos formaron, sobre la mentira y la verdad. Nos enseñaron a odiar la mentira, aunque en ocasiones nos descubríamos imperfectos, diciendo algunas mentiras “piadosas”, según nosotros, por un bien mayor. ¿Pero desde cuándo existen las mentiras piadosas por el bien mayor —a mi manera de ver, egoísta—?
Con el tiempo se nos hizo costumbre, hasta que llegamos a creerlas verdades absolutas.
La ironía y lo hermoso de la mentira es que, para poder mentir, una persona necesita saber qué es la verdad. La mentira no puede existir por sí sola, presupone (es decir, da por hecho) que quien miente ya tiene la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso.
Solo quien reconoce la verdad puede decidir ocultarla o distorsionarla.
Por eso, mentir revela —paradójicamente— que hay, en el fondo, una conciencia de lo verdadero.
Mentir solo es posible cuando ya sabes qué es la verdad.
Si no supieras distinguir lo verdadero de lo falso, no podrías mentir, porque no habría nada que esconder. Por eso, la mentira muestra que dentro de ti hay una luz que sabe, aunque a veces decidas taparla.
Allí entra nuestro discernimiento. El discernimiento es la capacidad que tiene el ser humano para separar y distinguir lo que le funciona de lo que no, dicho en palabras sencillas.
¿Pero qué tiene que ver con la verdad y la mentira?
El hombre que no discierne por sí mismo entre el bien y el mal vive en una forma de mentira —no necesariamente una mentira intencional, sino un autoengaño—. Cuando alguien no usa su propia conciencia para distinguir, sino que deja que otros decidan por él (una doctrina, una autoridad, una costumbre), traiciona su verdad interior.
Vive según reflejos ajenos, no según su propia luz.
“El que no discierne, no vive en la verdad, sino en una verdad prestada.”
Y toda verdad prestada —sin ser encarnada o comprendida desde dentro— se vuelve una mentira interior. No porque las ideas sean falsas, sino porque no son vividas conscientemente.
Pero también hay otra forma de mentirse: cuando dejas que otros te digan qué está bien y qué está mal, sin escucharte a ti mismo. Cuando no piensas con tu propio corazón, vives repitiendo lo que otros creen, y entonces te alejas de tu verdad. Así que la mentira no solo está en las palabras, sino también en vivir sin conciencia. Ser verdadero es atreverse a mirar dentro de uno mismo y actuar desde ahí, aunque a veces duela o sea difícil.
Así que, en pocas palabras, la verdad no podría existir sin la mentira, pero en el fondo de nuestro corazón sabemos perfectamente cómo distinguirla. El hecho es si ¿somos capaces de ser valientes y afrontarla con toda la verdad que tenga encima, aunque duela?
Ya no puedes culpar a tus padres, a la religión o al Estado, porque ellos pueden tergiversar la verdad, pero no pueden manipular tu sentir.
Y el hecho de que no le seas fiel a tu sentir ya es un autoengaño impuesto por ti mismo, por negarte a mirar.
Con AMOR,
Arely Olivares

