Toda sociedad o cultura y todas las personas incluidas, somos parte de la pirámide social que sostiene esta realidad como la conocemos. Desde la persona que nos atiende en un supermercado, embolsándonos, hasta los pensadores, maestros o personas de política.
Pareciera que en la cúspide brillan los sabios, los creadores, empresarios, o los que se atreven a mirar más allá. Pero su luz no sería posible sin la base que sostiene esa pirámide.
La humanidad, en su tejido más profundo, necesita tanto al pensador que busca el origen de la vida como al hombre o la mujer que, en silencio, la mantienen girando. A menudo confundimos debilidad y torpeza con carencia, con falta de valor o de talento. Pero la debilidad y la torpeza, cuando se mira con ojos del alma, hablan simplemente de aquello que ocupa el medio, el punto estable que no necesita destacar, que da soporte, que mantiene el equilibrio.
Lo “común” sana (lo de quienes trabajan, aman, sostienen y repiten cada día sus pequeñas tareas); no es una debilidad, sino una fuerza silenciosa. El espíritu profundo o sabio no juzga al que no busca alturas, porque sabe que cada ser tiene una función sagrada en el orden del mundo. Así como la tierra no envidia al sol, ni la raíz al fruto, cada parte cumple su papel en el misterio de la totalidad.
“El creador, el sabio o el visionario no podrían elevar su pensamiento si no existieran miles de corazones que, sin ser vistos, preparan el suelo sobre el que brota la idea. Y quien camina sobre ese suelo, sin ansias de sobresalir, también es parte de la grandeza.”
Por ello, el sabio honra lo común, porque entiende que el alma del mundo no se compone solo de genios, pensadores, empresarios, políticos, presidentes o los llamados “hombres de éxito”, sino de manos que repiten el bien, que se levantan día a día a sostener lo pequeño: el campo que permite que tu verdura llegue fresca todos los días a tu tienda de la esquina (danos hoy nuestro pan de cada día, fresco y calientito, gracias a esas manos), de manos que sostienen la vida en cada calle limpia o en cada recarga en el oxxo que vemos tan simple y de miradas cansadas que no se rinden y que cuidan el orden del día.
La verdadera injusticia no está en que no todos alcancen la cima, sino en olvidar que sin la base, la cima no existiría. Que cada uno sea lo que vino a ser: Quien brilla, que ilumine; quien sostiene, que abrace; quien sirve, que sirva con AMOR.
Y que el sabio recuerde siempre que su sabiduría descansa sobre el silencio de muchos que, en su aparente mediocridad, guardan la estabilidad del mundo. Porque así como una pirámide necesita una base ancha para sostener su cúspide, la cultura necesita muchos individuos estables y trabajadores para que unos pocos puedan dedicarse a crear, pensar o guiar. Una sociedad sana necesita una base sólida de gente común, trabajadora y equilibrada. Si todos quisieran ser genios o excepcionales, no habría estructura ni orden.
Para la mayoría, ser parte del sistema (trabajar, producir, servir) es su destino natural. No todos nacen para ser creadores, filósofos o líderes espirituales —y eso no es malo; es parte del equilibrio del todo. Esto quiere decir que la mayoría de las personas no viven buscando verdad o trascendencia, sino comodidad, estabilidad y una felicidad simple. Eso las convierte en “inteligentes”: funcionales, útiles, pero sin una búsqueda profunda de sentido. El que es promedio se siente bien si cumple bien su función. No le interesa ir más allá; su satisfacción viene de hacer bien lo que le toca hacer. Y eso, desde un punto de vista natural, está bien. Cada quien vive según su propio nivel de conciencia o vocación.
Es por ello que, si eres un pensador, sabio, estudiado o quizá algo que en el presente se denomina “más”, no estés tan seguro de que lo eres si sigues juzgando a los que sostienen la pirámide de tu realidad. Tu perspectiva o tu juicio hacia ellos no los hará cambiar para que sean lo que tú quieres que sean; en cambio, sin ellos, no podrías ser lo que eres hoy.
El sabio o el creador verdadero no debe despreciar la simplicidad. Debe comprender que sin esa base, él mismo no podría existir ni crear. El que tiene profundidad espiritual no juzga al que no la tiene, porque entiende que cada ser cumple una función necesaria en el orden de la vida.
¿Y tú, que te crees un ser espiritual, ya comprendías esto?
Con AMOR, Arely Olivares

