La Luz Dorada

Arely Olivares

Por Arely Olivares

En una habitación oscura, cerrada,
nació un lunes una luz dorada.
Su brillo era inmenso, casi una espada
que a todos dejaba el alma encantada.
Pero ella no sabía nada:
el mundo era nuevo, y ella… recién llegada.

Pronto empezó a incomodar en su morada,
pues allí la oscuridad era la coronada.
Y la sombra, celosa y acorralada,
trazó un plan con voz envenenada:
“Haré que olvide que es iluminada,
que viva a mi forma, que crea que es nada”.

Y así la luz, tierna y recién formada,
hacía lo que decían que era la jornada.
¿Cómo dudar de quien fue su entrada,
si allí había crecido, si allí fue criada?

Con los años su alma quedó lastimada:
la sombra la hería de forma callada,
la obligaba a pasos de ruta forzada
y la dejaba siempre sola y cansada.

Tanta penumbra, cerrada y pesada,
le agrietó la energía tan delicada.
Y por esas grietas, como agua escapada,
volvían recuerdos de infancia negada,
de adolescencia jamás abrazada
y de adultez sin sostén ni mirada.

Creyó ser el fallo, creyó ser dañada.
Su chispa, antes viva, quedó apagada:
un resto de brasa, casi olvidada.
Buscaba razones, respuesta sagrada,
pero nada fluía, nada encajaba.

Hasta que un soplo, con fuerza templada,
rompió las paredes de su vieja estancia.
Asomó su cresta temblor helada…
y el viento avivó su brasa callada.
Tenía un aroma a casa encontrada.

Siguió ese llamado, aunque atormentada,
pues la culpa mordía su marcha cansada.
Pero un día al viento llegó desarmada,
y con voz temblorosa, casi quebrada,
dijo: “Señor Viento, ¿qué alma alada
me trajo hasta usted con olor a nada?”.

El viento sonrió por la rama agitada,
soltando un perfume de flor encarnada:
“Se llama libertad, luz delicada…
un nombre que siempre fue tu morada”.

—¿Libertad? —preguntó con voz apagada.
—Sí —dijo el viento con brisa pausada—,
el regreso a ti, tu puerta sagrada.

La luz lo siguió por ruta encantada,
y cada estación, antigua y templada,
le dio un secreto de selva dorada:
su origen eterno, su llama guardada.

Mas algo seguía clavado en su entrada:
vergüenza, injusticia, culpa pesada
que aún la alejaba de la fuente alada.

—¿Por qué tanto peso? —su voz quebrada—.
¿Tan mala he sido, tan desdichada?
¿Tan poco valgo, tan lastimada?

Entre lágrimas de luna plateada
cayó la noche, cayó la mirada.
Y en su sueño vio, pura y callada,
vacas, árboles y una sombra parada,
con una mandarina en su mano cerrada.

Una voz dulce, por fin pronunciada:
“Si tu alma vivía amordazada,
el dolor no era el enemigo:
era la vida equivocada”.

Al despertar, su verdad revelada:
“Soy luz mirándose en noche cerrada.
Lo que afuera ocurre, sombra prestada;
lo que no soy, lo dejo en la entrada.
Tuve que verme en piel equivocada
para recordar que siempre fui alada”.

Respiró profundo, con paz renovada.
El perdón llenó su esencia dorada,
y su luz brilló, más liberada
que en su primer alborada.

Corrió hacia la sombra, agradecida y templada:
“¡Gracias por todo, por tu encrucijada!
Sabías mi luz, sabías mi nada…
y aun así fuiste mi aliada”.

La sombra rió, con burla pausada:
“Pierde el encanto cuando es revelada.
Ahora ve, luz bien amada.
Somos hermanos, pero en distinta jornada.
Haz lo tuyo, sigue tu entrada.
Aquí ya no debes nada”.

La luz dorada, por fin liberada,
gritó al viento con voz emocionada:

“¡Señor Viento, alma soplada!
¿Merezco su guía tan delicada?
Erré con la sombra, me siento cansada…
no sé si merezco esta nueva alborada”.

Y el viento, envolviéndola en bruma rosada,
respondió con calma de luna templada:

“¿Por qué piensas que la semilla sagrada
querría castigarte por ser despertada?
Sería culpar a un niño por lágrima dada,
o a un quemado por gritar sin jornada,
o a quien no nada por ser sumergida.

Cuando una luz actúa quebrada,
desde trauma, abandono o alma agrietada,
no está eligiendo: es herida encarnada.
No hay castigo para luz lastimada.
No hubo maldad: solo alma cansada.

Deja ya de sentirte equivocada.
El camino que andaste, aunque dura pisada,
era el exacto para oír mi llamada”.

Y así la luz, fuerte y restaurada,
recordó su origen, su llama encantada:
que siempre fue digna, siempre amada,
siempre completa,
siempre dorada.

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