“Lo humano no es una falla: es el camino. La vulnerabilidad, la piel, el cansancio, los pasos y las sombras… todo eso es parte del camino sagrado del ser humano. No es algo a superar, sino algo a honrar”.
Somos tierra pisando tierra. Desde nuestra llegada a este plano nos hicieron creer que lo sagrado estaba afuera: en cielos lejanos, en mundos perfectos, en reinos espirituales que parecían inalcanzables. Pero lo verdadero —lo sagrado de verdad— nunca estuvo allá arriba. Está aquí. Está en el cuerpo, en la vida cotidiana, en la tierra que tocamos y en lo que ya somos.
No necesitamos huir hacia ideas abstractas para sentir lo divino. Huir de la realidad no es espiritualidad; es exilio. El acto verdaderamente espiritual es abrir los ojos a lo real, a lo que respira con nosotros, a lo que duele, acompaña y sostiene. El origen siempre nos habla en nuestro propio idioma: como cuerpo que siente, como tierra que late y como humanidad que busca sentido. Aunque la mente pretenda escapar con alas cansadas, el YO más honesto siempre vuelve al hogar que nunca abandona: este CUERPO que respira, recuerda y sostiene nuestra historia.
He aprendido una dignidad nueva: no esconder la cabeza en cielos ilusorios, no correr hacia perfecciones que me alejan de la vida, sino levantar la mirada desde la tierra misma y darle sentido a cada paso. Amar el camino humano. Honrarlo incluso cuando se vuelve oscuro, incluso cuando pesa. Porque lo humano no es una falla que debamos superar; es el sendero sagrado que vinimos a caminar.
A veces imaginamos un mundo perfecto más allá de este, un lugar sin errores ni cansancio. Pero esos mundos no son vivibles; son espejos hermosos de algo que no nos pertenece. La verdad es más simple y más profunda: somos cuerpo, somos tierra y somos vida que siente. No somos espíritus flotando ni criaturas del cielo; somos materia viva aprendiendo a ser consciente de sí misma.
Y cada vez que escuchamos al cuerpo, él nos recuerda que también es un hogar. Fue nuestra primera casa antes de cualquier nombre. La tierra, igual, es madre y raíz: nos alimenta, nos sostiene y siempre nos ofrece un lugar donde volver. El alma es la habitación más profunda de ese hogar: ese cuarto interior donde nada se quiebra, donde una luz eterna espera aunque atravesemos sombras.
Volver a casa no es llegar a un lugar nuevo: es regresar a nosotros mismos.
Es respirar sin prisa, sentir sin esconderse, poner los pies en la tierra y recordar que nunca estuvimos lejos. No éramos exiliados; solo estábamos distraídos del hogar que siempre estuvo aquí.
La espiritualidad verdadera no vive en otros mundos, sino en este cuerpo que nos guía, en esta tierra que nos abraza y en este presente que lo revela todo.
Somos tierra habitando tierra. Y al recordarlo, volvemos a casa.
Con AMOR Arely Olivares

