Desde hace mucho tiempo, los humanos aprendieron a esconderse de sí mismos. Les dijeron que los animales tienen instintos, pero que los humanos deberían controlarlos, amarrarlos, callarlos y negar que existen. Y así, crecieron, creyendo que sentir enojo era fallar, que sentir deseo era peligroso, que llorar era debilidad, que dudar era pecado y que